Una mancha así. La mancha en el texto extraño



Cuando Gato Negro me escribió para que confirmara mi clase del taller, pidiéndome un comentario sobre lo queer, me vinieron a la mente muchas cosas juntas, entre ellas, ese fragmento de cuento que le mandé enseguida: 

Yo por el contrario. Soy una criatura así, con los muslitos así y las piernitas así, con la tristeza así y la alegría así, con un sombrero todo el tiempo porque el sol me quema los cachetes, las pestañas y los labios. Yo por el contrario, donde quiera que me siento dejo una mancha. Una mancha así. 

Creo que ahí hay una pequeña idea de lo que puede ser queer para mí, lo queer en la escritura, que es el plano que a mí me interesa. 

La mancha es el error, la mancha es el dolor, la mancha es el cambio y la mancha es darse cuenta de que el lenguaje no es suficiente. Incluso habitando el lenguaje, viviendo en el lenguaje, viviendo en la poesía y en esa dimensión poderosa que es el poema, ni siquiera eso es suficiente. 

Me acordé, por ejemplo, de la primera vez que oí la palabra queer, en boca del papá de mi hijo, que es, además de poeta, traductor y profesor de inglés, una persona queer. En ese momento era solo el presentador de una lectura que yo iba a hacer, y para presentarme mencionó la palabra queer

Yo estaba en Miami por primera vez y no entendía qué cosa era eso de queer. Luego fui entendiendo. Sin embargo, su mención no se refería a mí específicamente, sino a mi poética. 

En otro momento pidieron (casi una exigencia) que me definiera públicamente, algo que yo rechacé y rechazo, porque me resulta de mal gusto y ni siquiera puedo explicar por qué me resulta así. Es decir, no me gustan las etiquetas nunca nunca nunca. Pienso que están ligadas al poder, a un poder que uno no tiene y que a mí no me interesa tener. Un poder del que se benefician otros. Parecido a las religiones o a las doctrinas. 

Entonces me gustaría empezar a partir de ahí, a partir de que no me gustan las etiquetas o las categorías o las definiciones. Me gustan las formas y las camisas de fuerza solo cuando yo elijo usarlas, porque quiero crear un texto con eso. El término queer surge precisamente para anular etiquetas y, en ese sentido, me encanta. 

Con el tiempo, a veces, se ha convertido en caja. La institución es una enorme caja llena de cajitas. Yo he estado adentro de la caja y afuera de la caja, cuando le ha convenido a otro. Pero en realidad mi lugar es al margen de la caja, al margen de lo establecido y al margen de las instituciones. Porque en un mundo donde la libertad es otro término que sirve al control, me parece divertido actuar como si fuera alguien libre. 

El término queer me interesa cuando es sinónimo de extraño, de raro y marginal (creo que ese es su significado directo, raro en diminutivo, que era una variante peyorativa de la que nos apropiamos para subvertirla), de super estrella o estrella fugaz, de cuerpo extranjero, cuerpo inadaptado, cuerpo herido, cuerpo enfermo, cuerpo tatuado, cuerpo trasladado, cuerpo discursivo, cuerpo lactante, cuerpo endemoniado, cuerpo quebrado, cuerpo rabioso, cuerpo feroz. 

Pero sobre todo me interesa cuando es sinónimo de alma extranjera, alma inadaptada, alma herida, alma enferma, alma trasladada, alma traslúcida, alma discursiva, alma endemoniada, alma rabiosa, alma feroz, alma ida del cuerpo (con permiso de Jean Luc).

Entonces pensé, ¿cómo le explico esto a esos muchachos tan curiosos? ¿Cómo me explico? 

Quisiera, en esta última clase, explicarme a través de la escritura. Pero, sobre todo, a través de la escritura de personas o cuerpos que yo admiro y conozco, cuerpos que me gustan o cuerpos con los que sería capaz de dormir o cuerpos con los que sería, y he sido, capaz de bailar. Cuerpos poetas con los que tengo o he tenido afinidad. Cuatro cuerpos de cuatro países diferentes. 

Leeremos y hablaremos, sobre todo, de sus manchas, las manchas que dejan al escribir. Mancha, en este caso, como abismo. Al menos yo, cuando los leo, me mancho, me rajo y me precipito. 

Ellos son: Isadoro Saturno, de Venezuela; Roque Salas Rivera, de Puerto Rico; María Paz Guerrero, de Colombia; y Martha Luisa Hernández Cadenas, de Cuba. Leeremos solo poesía porque la poesía es otro nivel. Me gusta la poesía y a veces ni siquiera creo en ella, aunque ese es otro tema muy largo. Me gustan las almas y los espíritus y los seres. 

Quiero contarles algo. Un día como hoy nació alguien que extraño mucho y que yo siento que siempre está a mi lado. Se llamaba Luisa Roselia y era una persona que creía en mí. Siempre decía que yo era una de las cosas más importantes de su vida. Ella no sabía leer ni escribir porque solo fue a la escuela hasta el segundo grado. De todas formas, leía y escribía, pero muy lento. En cambio, sabía coser, bordar, cocinar, planchar y quererme mucho; y sabía organizar una casa. 

Antes de morir, llevaba puesto el reloj que era mío, que le dejé cuando me fui. A su cuerpo, por ejemplo, le faltaban muchos pedazos, un seno, una cadera, un oído, una uña, una vesícula, un apéndice, los dientes, el pelo y la fortaleza del corazón. Podríamos decir que era un cuerpo queer, pero si ella nos oyera, sé que no iba a estar de acuerdo, porque ese no era el lenguaje que ella conocía. 

Nuestra perra Comala le comía los mosquitos que se le posaban en la pierna muerta y en el muslo, una pierna y un muslo que estaban llenos de tornillos inoxidables, una pierna robot. 

Me gustaría dedicarle esta conversación y decir en voz alta que hace días estoy pensando en ella y soñando con ella y que, si su espíritu anda por aquí cerca, pues que ande libre y en paz. 

Cuando le dije a mamá que llevaba días pensando en ella y que no soportaba la idea de su muerte, de que se hubiera muerto sin poderme despedir, mamá me respondió:

—Tenía una insuficiencia cardíaca agudizada por su edad, diagnosticada por Lisbet una semana antes. Ella le puso un tratamiento muy bueno. Nesti, el hijo de Mirta, le suministró los medicamentos y Yeni se los ponía en la casa. Se hizo todo lo que se tuvo que hacer, no le faltó nada. Y tienes que estar tranquila porque a ella NO le faltó nada. Estuvo muy bien cuidada y limpiecita, que era lo que siempre me pedía.

Por supuesto, nada de eso me consuela.

¿Podríamos decir que un cuerpo viejo es un cuerpo queer

Tengo una amiga que dice que todas las mujeres, cuando se hacen viejas, parecen viejos. Yo no quiero parecerme a un viejo, quiero parecerme a una vieja parecida a mí, o si no fuera mucho pedir, parecida a Luisa Roselia, una vieja que a todo lo que aspiraba era a estar limpia siempre. 

Veo al cuerpo viejo como un cuerpo queer, porque es andrógino, confuso y extraño, un cuerpo viejo está lleno de heridas, por dentro y por fuera. Su dolor es una mancha, una enorme mancha dolorosa, sufriente, hablante. La muerte se acerca y lo sabe, y se llena de una sabiduría de la claridad. Y veo al cuerpo infantil como un cuerpo queer, completamente andrógino y completamente sabio. Su sabiduría es la falta de categoría. Su sabiduría es el juego, el cambio, el vacío y la libertad plena. 

Trato de acordarme de mis personajes preferidos de novelas y películas, casi todos los personajes de viejas y de viejos me parecen muy queer, ahora que lo pienso. Y también pienso que no sé escribir queer en plural, que queer no existe en plural y que ese solo hecho ya es demasiado queer

Se trata del singular, a mí me gusta el singular porque es uno solo, y uno solo de su picardía se acuerda. La vieja de El tambor de hojalata, por ejemplo, qué queer me resulta, si lo pienso. Esa vieja y todas las viejas de la literatura. Y los viejos también, por muy misóginos que sean, cada uno en su vejez de pérdidas y descalabros, cabe en la categoría queer. Todos en proceso de descomposición y de palingenesia. 

Intento pensar en algo romántico. Kate Winslet en Ammonite. Kate Winslet vieja en Ammonite, buscando piedras viejas y fósiles ancestrales en la playa. La playa entre las piernas de Kate Winslet, el deseo. Y la otra mujer con nombre de personaje celta enamorándose perdidamente de Kate Winslet, que tiene todo manchado y ajado, por no decir sucio, asqueroso. 

Kate Winslet en la pobreza, Kate Winslet en el olvido. Kate Winslet con una verruga más protuberante que nunca. Un fósil humano, Kate Winslet. 

Así y todo, se enamoran. Podría identificar la mancha, la mancha es la edad. Cuando se es viejo, la imposibilidad del deseo es una mancha depredadora. Pero Kate Winslet y su mujer joven hacen el amor entre los fósiles, las olas del mar y el hollín.

Eran las cinco de la mañana cuando regresé a ver Ammonite, para asegurarme de que lo recordaba bien. No podía parar de mirar a Kate Winslet, que estaba más bella que en el Titanic y que en El lector, que es mucho decir. 

Cuando la película se estaba acabando, el niño se despertó y abrió la puerta del cuarto: Tuve una pesadilla, ¿dónde estabas, mamá? Estoy aquí trabajando, le dije. 

Y esa persona quién es, no sé si es él o ella.

Estoy llena de preguntas. Creo que todo consiste en una búsqueda de la belleza, que se traduce en una búsqueda de la libertad. Uno quiere ser bello, que es lo mismo que parecerse a lo que uno siente que es bello. Uno quiere parecerse a uno mismo. ¿Pero qué pasa cuando dejamos de ser nosotros mismos y envejecemos? 

El cuerpo se cae y se rompe incluso estando fuera de peligro. No se arriesga a caer, sino que cae estando parado en su lugar. No descansa, cae. Es un cuerpo equivocado, ahora sí. Un cuerpo enfermo, ahora sí. Un cuerpo que no nos pertenece. Como la epilepsia en el poema de Martha Luisa o la menopausia en el poema de María Paz.

En esta etapa no hay opción. El cuerpo concreto es lo que es y se parece a lo que se parece, incluso el robot, como la pierna robot de Luisa Roselia, es lo que es: un puñado de tornillos nadando en la masa flaca.

Entonces, antes de meternos de lleno en estas cuatro poéticas que para mí despliegan hermosamente unos cuerpos mutantes y raros, cuerpos poéticos: tortuga ninja, volcán, perra y hormiga; me gustaría que hiciéramos este pequeñísimo ejercicio que hicimos hace poco en mi taller de escritura de Miami. 

Es un ejercicio muy simple porque a mí me parece que en lo simple hay algo muy profundo que mancha, que afecta, algo que es como aprender, que es lo más duro que hay en la vida, aprender. 

Cuando uno aprende cosas, pierde, y se transforma. Si hay algo duro es el aprendizaje.

Si tu cuerpo fuera un poema, ¿qué poema sería? 

Escribe un poema breve, no mayor de nueve versos, donde describes tu cuerpo.



* Primera parte de la charla para el Taller de Escritura con enfoque de género y perspectiva queer, organizado por el proyecto Piso34 y la Unión Europea en Cuba.






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