Máriam Martínez-Bascuñán merece crédito por intentar situar a Cuba en el tablero geopolítico contemporáneo. Sin embargo, hay un punto ciego difícil de ignorar: mientras Europa sigue calculando sus intereses económicos y diplomáticos, once millones de cubanos continúan viviendo bajo un régimen que ya supera las siete décadas de poder absoluto.
Las ganancias europeas pueden esperar. La libertad de Cuba, no.
Resulta llamativo que desde Madrid todavía se contemple cualquier acercamiento a La Habana como una delicada partida de ajedrez comercial, cuando el verdadero escándalo moral es negociar con un sistema que mantiene a un país entero en una suerte de apartheid político, donde los derechos dependen de la obediencia al Estado.
Por eso conviene dejar de caricaturizar a Marco Rubio como una anomalía y reconocerlo por lo que es para millones de cubanos: el ejemplo de que el exilio también puede alcanzar el centro del poder democrático más influyente del planeta.
Del mismo modo, guste o no, Donald Trump fue elegido democráticamente por los ciudadanos estadounidenses. Son ellos quienes deciden su política exterior, no las nostalgias editoriales europeas.
Los cubanos también tienen derecho a decidir. Y muchos desean que la mayor democracia del mundo ejerza toda la presión posible sobre una dictadura que les ha negado durante generaciones las libertades más elementales. Pedir ayuda internacional para recuperar la libertad no convierte a nadie en menos patriota. Todo lo contrario.
Quizás el verdadero temor que aún sobrevuela cierta mirada española hacia Cuba no sea Washington, sino la historia. Persiste el viejo reflejo colonial de la metrópoli que nunca terminó de aceptar la pérdida de su Siempre Fiel Provincia de Ultramar en 1898. Como si cualquier protagonismo estadounidense en el futuro de Cuba reabriera una herida imperial que pertenece al pasado.
Pero Cuba ya no necesita guardianes europeos de su memoria. Necesita aliados de su libertad.
Cuba y sus salvadores
Por Máriam Martínez-Bascuñán: Profesora de Teoría Política de la Universidad Autónoma de Madrid. Autora del libro ‘Género, emancipación y diferencias’ (Plaza & Valdés, 2012) y coautora de ‘Populismos’ (Alianza Editorial, 2017). Entre junio de 2018 y 2020 fue directora de Opinión de EL PAÍS. Ahora es columnista y colaboradora de ese diario y pertenece a su comité editorial.
Publicado en El País, Junio 6 de 2026
Desde enero, Cuba ha visto cómo Washington cortaba su acceso al petróleo, forzaba a empresas extranjeras a abandonar la isla bajo amenaza de sanción y asediaba las últimas vías por las que entran las divisas que sostienen a 11 millones de personas.
Por supuesto, hablamos del cubano de a pie, pues sus élites tienen, por ahora, medios y formas para seguir viviendo cómodamente. Esta asfixia deliberada se ha decidido y calculado con el fin de doblegar a un país entero sin disparar un tiro, aunque todo está por ver. Detrás de los números (un PIB que los economistas ven caer un 15% este año y una pobreza que alcanzaría a casi la mitad de la población), hay casas a oscuras, gasolineras secas, hospitales desabastecidos, farmacias vacías.
No es consuelo saber que al frente de esta operación hay dos hombres malvados, pues hay también algo más difícil de juzgar: dos maneras de no ver al pueblo cubano. Marco Rubio, a quien Trump ridiculizó como little Marco antes de hacerlo su secretario de Estado, persigue un fin que cree elevado: la supuesta liberación de la isla. A Trump solo le importa el activo de siempre, sobre el que construyó su fama y su supuesta fortuna: la propiedad.
Uno dice querer salvar Cuba; el otro quiere quedársela. ¿Cuál es el más peligroso de los dos?
Rubio mira por encima de los cubanos, hacia un fin redentor; Trump mira a través de ellos, como un incordio en el camino hacia su paraíso inmobiliario. “Es una isla hermosa, con buen clima, puedo hacer lo que quiera con ella”, ha dicho, con un vocabulario que no es el de un estadista, sino el de un niño rico mimado y caprichoso, o peor: el de un tasador. De hecho, ya lo intentó cuando solo era un promotor. Registró su marca en la isla como quien clava una bandera en un terreno vacío.
Pero Rubio es hijo de cubanos. El fin del castrismo no es para él un cálculo geopolítico, o no solo. Es una herida biográfica traducida en una promesa redentora para quien dice considerar “su gente”. Y ahí está el mayor peligro: alguien convencido de redimir a su pueblo posee una energía moral que ningún cínico puede igualar, pues cualquier daño colateral (el hambre, la pobreza, la falta de los productos más básicos) queda desactivado por la nobleza del fin.
Como en Venezuela, cuentan con el comodín del enemigo monstruoso, el régimen castrista, que convierte la cruzada contra la isla en una operación impecable y les ahorra el examen de conciencia. Eso es lo que vuelve a Rubio más perturbador que Trump.
Trump es transparente en su cinismo y no engaña a nadie, ni siquiera a sí mismo. Pero Rubio es opaco hacia dentro y hacia fuera. Quien produce un daño creyendo hacer el bien, no tiene mecanismo interno de freno, pues cada nueva víctima confirma la urgencia de la causa en lugar de cuestionarla. Y esto es lo que podemos analizar desde nuestra cómoda barrera.
Pero resulta que las empresas que han plegado velas y dejado la isla a la primera orden de Washington son las nuestras. Iberostar y Meliá han abandonado sus hoteles; Iberia ha suspendido sus vuelos por el chantaje de Trump. Así que la cuerda que estrangula a Cuba la aprietan también manos europeas, pero aquí nadie ha levantado la voz, ni por los cubanos ni por esas empresas que se someten a una potencia extranjera.
Europa obedece en silencio. ¿Qué ha pasado para que un atropello así deje de ser reconocible como tal?
Cuba es otro laboratorio donde se mide cuánto puede hacerse sin que nadie se inmute. Y la respuesta, de momento, es: todo.

Diario de la invasión (V)
Después del colapso y los crímenes del colapso, será impensable llamarse de izquierdas en la cuna de la izquierda latinoamericana.








