En la noche del domingo 22 de junio de 2026, en el poblado de Maffo, municipio de Contramaestre (Santiago de Cuba), fue incendiada la Casa-Museo Orlando Pantoja Tamayo. La vivienda, construida en 1936, fue transformada en museo en 1991 por iniciativa de la Comisión de Historia del Buró Municipal del Partido Comunista de Cuba (PCC). En su interior, se conservaban objetos personales, fotografías, armas y documentos históricos del guerrillero Orlando “Olo” Pantoja Tamayo, nacido en ese lugar y fallecido en 1967 en Bolivia, como combatiente bajo las órdenes de Ernesto “Che” Guevara. Desde entonces, Pantoja Tamayo fue convertido en uno de los emblemas del internacionalismo revolucionario.

Pantoja y Guevara. Imagen: Alberto Korda.
Los videos difundidos por periodistas independientes[1] muestran el inmueble envuelto en llamas mientras decenas de personas se concentraban en las calles bajo consignas como “¡Libertad!”, “¡Pongan la corriente!” y “Contramaestre no quiere más comunismo”. El siniestro fue reivindicado por el Movimiento 24F, un grupo juvenil clandestino surgido en octubre de 2025 en el mismo municipio. Sus miembros habían distribuido propaganda, colocado carteles contestatarios en Baire, Maffo y la cabecera municipal, y denunciado públicamente actos de corrupción.
Este no es un evento aislado, sino que tiene sus raíces en lo profundo del hastío y la desesperación ciudadana. La empresa eléctrica de Santiago de Cuba había confirmado una nueva programación que arreciaba los cortes de electricidad. La crisis de combustible, el desabastecimiento generalizado de agua y alimentos, y los apagones crónicos de hasta 40 horas habían impulsado una escalada de toques de cazuela y protestas espontáneas no solo en la provincia oriental.


Incendio del museo desde varios ángulos (2026). Imágenes tomadas de diversas redes sociales.
En específico, Contramaestre ya era una zona de conflicto creciente. El 14 de junio se registró acoso policial tras la aparición de carteles antigubernamentales; tres meses antes, la oficina de reclutamiento del Comité Militar Municipal había sido incendiada en rechazo al Servicio Militar Obligatorio.
Protesta y reivindicación: la simbología del poder
El incendio del Museo de Maffo representa una acción de mayor simbología dentro del rechazo al relato histórico que el gobierno cubano ha utilizado para legitimar su poder. Su significado es aún más extenso, ya que no se trata solamente del museo local de una figura vinculada a esa cosmovisión, sino que el hecho se perpetró frente a la oficina de la Seguridad del Estado del municipio, uno de los agentes represivos más claros en la geografía del poder en Cuba.
En paralelo, ese mismo fin de semana murió en La Habana Ramiro Valdés Menéndez, uno de los comandantes más poderosos del régimen cubano y arquitecto del sistema represivo en la Isla, fundador del Ministerio del Interior en 1961, creador del Departamento de Seguridad del Estado y de la Dirección General de Inteligencia. Su segundo período al frente del Ministerio, entre 1979 y 1985, estuvo asociado al control interno, las prisiones y la vigilancia en uno de los momentos de represión más crudos del sistema político en Cuba.
Ramiro Valdés y Fidel Castro. Imagen: Radio Rebelde.
Las instancias oficiales describieron la pérdida como la de “un padre”, lo cual contrastó con la reacción popular en redes sociales y la revisión de su historial político. Destacaron, por ejemplo, las memorias de presos políticos sobre la administración de Ramiro Valdés en los centros de detención, así como las ironías ante la alabanza del propio régimen a las acciones de sabotaje realizadas durante la clandestinidad, consideradas ahora delitos graves y punibles.
Mientras la generación histórica de la Revolución muere sin haber respondido ante ningún juez independiente, dejando atrás monumentos obsoletos, estas reacciones condensan la tensión más profunda del relato oficial cubano, defendido en la puja entre qué actos de resistencia tienen legitimidad histórica y qué condena delictiva, dentro del monopolio del sabotaje como mérito prerrevolucionario, y de la personalidad política dentro de la alta dirigencia del proceso.
El monopolio cultural revolucionario revisitado
Para comprender el significado de lo que arde en Contramaestre, es necesario entender la arquitectura política que desafía. En la serie “Reapropiaciones de lo político en Cuba”, el Observatorio de Derechos Culturales ha descrito el andamiaje mediante el cual se monopolizaron la memoria y la cultura, así como figuras y espacios dentro de la cosmovisión revolucionaria en la Isla. En específico, la capacidad del Estado cubano para censurar, apartar y luego reinsertar personajes, conceptos y lugares ha sido esencial en la narrativa heroica funcional al poder. Se trata de una narrativa administrada como pedagogía del consenso: archivos filtrados, museos subordinados a criterios ideológicos, monumentos convertidos en soportes de continuidad revolucionaria y conceptos políticos resemantizados hasta perder su densidad crítica.
Desde esa perspectiva, este incendio va más allá de lo meramente material. Se sitúa en la fractura abrupta dentro de una economía simbólica del patrimonio que, al haber sido organizada durante décadas como extensión del relato estatal, deja de ser percibido por sectores de la ciudadanía como memoria común y pasa a ser identificado como una infraestructura añeja de dominación disfuncional.
El guion oficialista ha dejado hace tiempo de ser didáctico, así como sus bienes de ser orgánicos, siendo enfrentados en espacios de disputa y rebeldía. La intervención de símbolos del proceso cubano no empezó en junio; un antecedente central es el eslogan “Patria y Vida”, convertido desde 2021 en consigna de protesta por inversión del lema oficial “Patria o Muerte”. A partir de ahí, el repertorio se ha ampliado, sobre todo en el calendario nacional: 11J, 27N, entre otros. También dentro del performance cívico, por ejemplo, en la sentada de estudiantes en la escalinata de la Universidad de La Habana en marzo pasado para protestar por el “tarifazo” de la compañía Etecsa, que monopoliza las telecomunicaciones en el país.
Días después, un incendio provocado dañó la sede local del PCC de Morón, donde resultaron destruidos muebles y documentos administrativos. En este último caso, se expuso el derrumbe de la sacralidad del poder local. En un sistema de partido único, la sede del PCC, sobre todo fuera de la capital, opera como emblema territorial de autoridad, vigilancia y mando político. Que manifestantes llegaran hasta ese edificio, arrojaran mobiliario a la calle y le prendieran fuego condensó una impugnación material y simbólica al monopolio del Partido sobre la vida comunitaria.
Quema frente a la sede del PCC en Morón. Imagen: Árbol Invertido (2026).
Así, desde oficinas burocráticas hasta museos locales, pasando por la sorna de figuras canonizadas por el Estado, pareciera fortalecerse en Cuba la gramática de la desacralización. En redes abundan los memes a políticos vivos o fallecidos del régimen cubano, compartidos dentro y fuera de Cuba. Por tanto, la contramemoria social, sobre todo el paso de una tradición asentada en emociones públicas masificadas y enfocadas en la veneración y ahora transitando hacia el sarcasmo y la iconoclasia, toma espacio tanto en lo físico como en lo simbólico, en lo público material e inmaterial, así como en redes sociales, espacios “libres” que gozan de mayor rapidez y alcance.
Meme sobre Díaz- Canel. Imagen: IG de Javier Díaz (2026).
Iconoclasia global: paralelos y diferencias
Si bien el incendio en Contramaestre se inscribe en una tradición de acción ciudadana más continental, que ataca los espacios simbólicos del poder cuando los canales institucionales de expresión están completamente cerrados, en Cuba tiene especificidades propias que lo distinguen de otros fenómenos similares. A diferencia de contextos democráticos, donde la iconoclasia convive con la posibilidad —aunque imperfecta— de expresión legal, la quema de un museo es el único gesto que queda cuando la protesta pacífica es reprimida, la prensa independiente criminalizada y el arte independiente asediado y cancelado.
El ataque rechaza simultáneamente el relato histórico oficial, confronta al aparato de control más visible en el municipio y comunica a ese mismo aparato que el miedo reverencial ha dejado de funcionar. Para ello, la práctica más a mano que tienen los cubanos actualmente es la quema de restos y ruinas, el incendio de las muestras de abandono y colapso institucional. Su frecuencia y visibilidad ponen en jaque también el propio relato sobre el que se construyeron los actos de sabotaje dentro del “período histórico” de la lucha antibatistiana, la “excepcionalidad” y “justeza” de la táctica de guerrilla, ante una realidad actual cada vez más austera y de sobrevivencia.
En los últimos años se han sucedido olas de intervenciones sobre espacios y símbolos de memoria institucional en Latinoamérica. En México, en 2019, colectivos feministas cubrieron el Ángel de la Independencia de Ciudad de México con grafitis y pinturas. El 18 de octubre de 2019, las protestas chilenas contra el alza del pasaje de metro se convirtieron en un verdadero estallido que determinó, tres meses después, que el Consejo de Monumentos Nacionales registrara más de 400 monumentos públicos afectados: desde el derribo y daños a estatuas de colonizadores hasta hablar de una desmonumentalización del país, en una una interpelación directa hacia la monumentalización de una memoria histórica colonial que el Estado chileno nunca había debatido seriamente.
Monumento intervenido en la Plaza Baquedano. Imagen: El País (2019).
Ciertamente, son muchos los argumentos que cuestionan la iconoclasia como práctica. Pero lo que diferencia a Cuba de todos los ejemplos anteriores, y quizás por ello lo justifica, es que, en los otros casos, la iconoclasia ataca los símbolos de un poder ajeno o colonial, mientras que el proceso revolucionario que se ataca es el mismo proceso que lleva sesenta y siete años administrando el Estado, la economía, la cultura y la represión. Incendiar el museo de Maffo, en este caso, corresponde a la quema del pasado que el presente usa para legitimarse, la historia que el Estado administra para justificar el control total.
Por demás, en Cuba, la preservación/intervención de esos espacios no está al servicio de ningún debate democrático, sino bajo el orden exclusivo de la legitimación del régimen. Ante la preservación de museos como este, mausoleos o recintos que conmemoran el relato histórico revolucionario, no existe ningún mecanismo institucional, ningún consejo ciudadano, ningún espacio deliberativo, donde los ciudadanos puedan cuestionar si quieren o no este elemento en su comunidad.
Mientras el Gobierno describe la quema del museo como un incidente delictivo, de ira y violencia colectiva, habría que preguntar a quién afecta realmente. La historiografía de las revoluciones totalitarias muestra que el control de la memoria cultural es siempre uno de los mecanismos de dominación más presentes y duraderos; aunque vacío de contenido auténtico para los ciudadanos. Una arquitectura que no aguanta el peso de su propia contradicción.
[1] https://www.facebook.com/reel/1554034449445795.

Diario de la invasión (VI)
Fueron sus subordinados más fieles los que recibieron la orden de eliminar a Ramiro Valdés. Con la complicidad de su propia familia.













