Maly Trostinets

El viaje fue idea de mi hijo. Las vacaciones de primavera de Leo ya no coincidían con las de su hermana pequeña, y ella iba a ir a Colonial Williamsburg, en consonancia con el tema que estaban estudiando en su curso, los primeros tiempos de Estados Unidos, y después a Barbados. Él quería algo equivalente, pero opuesto. En el colegio había habido debates sobre los grupos de afinidad, sobre quién cumplía los requisitos para pertenecer a uno y qué identidades necesitaban apoyo ahora, en la era de Trump. Leo se vio envuelto en una disputa sobre si el internamiento de los estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial había sido peor que el trato que los nazis dieron a los judíos. Quizá porque la historia del Holocausto no figuraba en el programa de estudios, o quizá simplemente por quiénes participaron en el debate, le pareció que el consenso se inclinaba a considerar el internamiento de los estadounidenses de origen japonés como la mayor injusticia. Las discusiones en torno a la condición de víctima, la lectura de Man Is Wolf to Man —las memorias de Janusz Bardach sobre el gulag— y el impulso propio de un hermano de contrarrestar un viaje al Caribe con algo frío y lluvioso, todo ello lo encaminó hacia un viaje que yo había planeado varias veces pero nunca había hecho: Minsk, en Bielorrusia.

Durante cinco años había estado haciendo un documental sobre Viena. La mitad de la película relataba la invención vienesa de la arquitectura moderna del hogar. Exploraba los sueños de creación de un hogar concebidos por los principales arquitectos, artistas y pensadores de la ciudad —Klimt, Adolf Loos, Freud, Wittgenstein, etc.— mientras intentaban hacer habitable la capital en expansión del Imperio de los Habsburgo para inmigrantes de orígenes étnicos diversos y mutuamente hostiles. La otra mitad era personal. Giraba en torno a un cuadro de mi padre que representaba el salón de la casa de su infancia en Viena, con sus padres, Leo y Fanny Körner, a salvo en su interior. Mi padre había escapado de Austria en 1938, dejando atrás a sus padres. Pintó el cuadro de memoria en 1944, en Washington D. C., mientras esperaba ser enviado a Europa como oficial de la sección de información del Ejército de Estados Unidos. Acabó colgado sobre la cama de mi infancia en Pittsburgh, Pensilvania, donde mi padre conoció a mi madre y se estableció en 1952. Lo que me fascinaba de la obra no era tanto su meticuloso inventario del hogar desaparecido de mis abuelos como una extraña coincidencia que se producía en ella. A través de una ventana del salón representado, al fondo de una vertiginosa vista de la calle que mi padre había logrado reconstruir de manera casi fotográfica, aparecían, diminutas pero reconocibles por sus característicos entablamentos semicirculares, las dos ventanas de nuestro propio apartamento en la última planta de un edificio de Viena, donde pasábamos los veranos. En 1944, cuando mi padre las recreó, las ventanas de nuestro apartamento formaban parte de una especie de abreviatura pictórica para representar los hogares de otras personas. En una larga manzana de edificios de apartamentos anónimos, cada fachada con decenas de ventanas casi idénticas pero nunca del todo iguales, las nuestras aparecen por casualidad en el cuadro casi en su punto de fuga perspectivo: lo que en alemán se llama Fluchtpunkt, que significa, literalmente, punto de huida o escape. En 1968, cuando empezamos a alquilar nuestro piso de dos habitaciones en la Volkertplatz, al final de la calle que conducía de vuelta a la antigua casa de mi padre, nadie se dio cuenta de que él había plasmado perfectamente, aunque sin proponérselo, nuestras inconfundibles ventanas en su cuadro. A mí, que fui el primero en reparar en ese detalle, el puente imaginario que unía ambos hogares me resultaba inquietante.

En la película, el cuadro de mi padre comienza siendo solo una expresión más del sueño del interior vienés. Ilustra cómo la gente corriente convertía sus pequeños pisos de alquiler (en Viena todo el mundo vive de alquiler) en hermosos refugios. Pero, al explorar la historia posterior del apartamento —cómo mis abuelos fueron desalojados para dejar sitio a inquilinos “arios”, y cómo su vecino del apartamento contiguo, un nazi ferviente que afirmaba haber fundado personalmente el movimiento hitleriano en Austria, se apoderó de todo el edificio arrebatándoselo a sus propietarios judíos—, la historia se convierte en una pesadilla. De la noche a la mañana, tras la anexión de Austria por Hitler el 12 de marzo de 1938, los doscientos mil judíos de Viena perdieron de hecho su derecho a vivir en la ciudad. En la película, la historia de los Körner y de su apartamento la cuenta un archivero de la Israelitische Kultusgemeinde Wien (Comunidad Israelita de Viena). En la Kultusgemeinde se registran, desde 1849, los nacimientos y las muertes de los judíos de Viena. Después de 1938, la institución fue obligada a organizar la emigración y la deportación de los judíos. En el caso de Fanny y Leo, el rastro documental resultó ser escalofriantemente completo. No solo estaba plenamente documentada su “baja del registro” forzosa con destino a Minsk, sino también los detalles precisos de su traslado en tren hasta allí. Obligados a presentarse en un “punto de concentración” de la Sperlgasse para su “reasentamiento” en el este ocupado por los alemanes, partieron en las primeras horas del 9 de junio de 1942 de la estación ferroviaria vienesa de Aspang a bordo de un tren especial con la designación Da 206 (la Da correspondía a David, como en estrella de David). En Vawkavysk, antes Wołkowysk, cambiaba el ancho de vía y los pasajeros fueron obligados a abandonar los vagones de tercera clase y a subir a vagones de ganado; los informes policiales registran ya aquí varias muertes.

Incluso con su excelente dominio del checo, el polaco, el bielorruso y el ruso, nuestro archivero tenía dificultades para leer en voz alta las estaciones enumeradas en la sinuosa ruta de Viena a Minsk, pues algunas de las localidades habían desaparecido y sus nombres habían caído en el olvido o cambiado. Captada por la cámara, su lectura entrecortada de aquellos nombres a partir del informe original del tren contribuía a evocar la distancia recorrida. Otros documentos revelaron que, en Minsk, los 1006 pasajeros del Da 206 fueron apiñados en camiones y trasladados doce kilómetros hacia el sureste, hasta un lugar llamado Maly Trostinets. Allí, en la tarde del 15 de junio, en un bosquecillo de pinos jóvenes en lo profundo del bosque de Blagovshchina, fueron fusilados; después, sus cuerpos fueron arrojados a largas zanjas y cubiertos con cal viva. Transportes posteriores llegaron a Maly Trostinets en tren por unas vías que habían sido abandonadas anteriormente, y los camiones de gas sustituyeron los fusilamientos como método de asesinato, pero el protocolo —ejecución inmediatamente después de la llegada, a primera hora de la tarde— y el lugar en el bosque siguieron siendo los mismos.

Mi hijo había ayudado con el sonido en una de las primeras entrevistas para la película y había oído hablar de un viaje de reconocimiento a Minsk y Maly Trostinets. Al final decidimos limitar el rodaje a Viena y dejar que la voz del archivero apuntara hacia lo inimaginable. Pero a Leo le molestaba que no hubiéramos llevado a cabo nuestros planes. Después de leer sobre la historia de Bielorrusia en el siglo XX, donde, tras las hambrunas y matanzas masivas ocurridas ya bajo el régimen de Stalin, los ocupantes nazis asesinaron a cerca de un tercio de la población total, incluidos unos 250.000 judíos, y donde, desde 1994, la población sigue viviendo bajo el dictador de estilo soviético Alexander Lukashenko, Leo propuso un viaje en tren desde Viena hasta Minsk, pasando por Varsovia y Vawkavysk. Allí nos alojaríamos en el gigantesco Hotel Belarus, con sus vistas panorámicas de la ciudad y una enorme piscina decorada con mosaicos de realismo socialista que representaban a atletas, libertadores del Ejército Rojo y musculosos rus vikingos. Para orientarnos, visitaríamos el Museo de Miniaturas Arquitectónicas, donde la mayoría de los monumentos y castillos de Bielorrusia pueden contemplarse en diminutas maquetas. Utilizando Yandex.Taxi, la aplicación que Leo prometió conseguir, iríamos hasta el Montículo de la Gloria, dos elevados obeliscos en forma de bayoneta situados en lo alto de una enorme colina formada con tierra calcinada procedente de las “heroicas” ciudades destruidas del país, gran parte de ella transportada a mano por escolares. Si había tiempo, pasaríamos una tarde en el Museo de la Línea Stalin. Allí se ha restaurado cuidadosamente un tramo de las fortificaciones que recorrían la antigua frontera occidental de la Unión Soviética (construidas para resistir una invasión polaca, pero inútiles contra los alemanes en 1941), y por un módico precio se puede disparar con morteros de época y fusiles Kaláshnikov. Al propio Maly Trostinets, según comentarios en internet, solo se podía llegar con dificultad en autobús, y no cabía esperar que los taxistas hubieran oído hablar del lugar. También se decía que el extenso Complejo Conmemorativo era confuso, con monumentos y placas que contenían información inexacta o contradictoria. Pero Leo descargó toda una biblioteca de mapas y se aseguró de que Minsk fuera un lugar seguro incluso para turistas que se hubieran perdido. Era difícil rechazar su propuesta, ya que yo tenía una semana libre en marzo y sus medio hermanos, Ben y Sigi, estaban deseando reunirse con nosotros desde Inglaterra. Además, en secreto, lamentaba mi propia y peculiar inercia, que me había paralizado desde que alcanzaba a recordar.

El destino de los padres de mi padre había sido siempre el gran misterio familiar. Los nazis habían asesinado a casi todos sus parientes: eso era todo lo que sabíamos y todo lo que creíamos que podía saberse. Dos primos más jóvenes lograron escapar mediante transportes de niños a Inglaterra y Palestina, y no averiguaron nada más que todos aquellos cuyo destino desconocíamos —tanto los que vivían en Viena como los parientes dedicados a la extracción de petróleo en Boryslav y Stryi, en Galicia, hoy Ucrania occidental— habían desaparecido sin dejar rastro. A falta de datos, proliferaron los rumores. En 1941, Kurt, el hermano de mi padre, había sido deportado junto con su esposa, Olga, a Kielce, en la Polonia ocupada, y una carta enviada a mi padre por sus padres desde Viena parecía indicar que contemplaban la posibilidad de reunirse con Kurt. De haber sido así, probablemente habrían muerto, junto con Kurt y Olga, en Treblinka tras la liquidación del gueto de Kielce en agosto de 1942. A veces se mencionaban otros campos de concentración. En un curso universitario de antropología del parentesco se pidió a cada estudiante que elaborara un árbol genealógico. Anoté que dieciocho de los parientes desaparecidos por parte de mi padre habían muerto en Auschwitz, seguido de un signo de interrogación. Por otra parte, recordaba vagamente que en una ocasión me habían enseñado una nota en la que figuraban las palabras “abgemeldet nach Minsk”, escritas de puño y letra por mi madre. Abgemeldet (dado de baja del registro) estaba correctamente escrito, así que supuse que mi madre, que apenas hablaba alemán, debía de haber transcrito la palabra de algún sitio o alguien se la había deletreado, pero no recordaba con claridad de dónde había obtenido aquella información, y su teoría al respecto —que sus suegros quizá hubieran huido hacia el este, a Rusia— hizo que yo pasara por alto la pista.

La idea de que Leo y Fanny hubieran sobrevivido de algún modo obsesionaba a mi madre. Durante años no leyó otra cosa que literatura sobre el Holocausto y coleccionó artículos de prensa sobre familiares desaparecidos que reaparecían de la nada. No soportaba a sus propios padres, que vivían en Escanaba, especialmente a su padre, cuya devoción católica ocultaba un temperamento violento. Y tenía poco en común con la familia de su hermana en Iowa: todos luteranos carentes de curiosidad que jamás salieron de Estados Unidos. Aspirante a concertista de violín y becada en un conservatorio de música de Pittsburgh, conoció a mi padre y se casó con él. Divorciado, exótico y diecisiete años mayor que ella, mi padre era, en parte, una vía de escape de su propia familia. Ella se identificaba con la familia de mi padre y llegó a plantearse convertirse al judaísmo, aunque los padres de él habían abandonado esa fe. Se sentía especialmente próxima a su madre, Fanny, de quien se decía que había sido independiente, sensata y fuerte, a diferencia del supuestamente pasivo y emocionalmente imperturbable Leo. Imaginaba a Fanny todavía viva, sola y atrapada en Siberia o China. Mi padre hacía poco por desengañarla de aquella fantasía. Se limitaba a negar con la cabeza, irritado, y a murmurarles a mi hermana y a mí que todo aquello era “una sarta de gilipolleces”, mientras mi madre presentaba su teoría como una prueba más de la insensibilidad de él. “Vuestro padre solo piensa en sí mismo”.

Qué sabía exactamente sigue siendo un misterio para mí, pero era evidente que sabía que los habían asesinado. Al revisar viejas cartas, descubrí que ya en 1946 mi padre había hecho averiguaciones en la Cruz Roja de Viena y confirmado que sus padres estaban muertos. Durante un permiso del ejército, también había visitado a una íntima amiga cristiana de la familia, una secretaria soltera de los ferrocarriles nacionales, que le entregó algunos documentos importantes relacionados con sus dos primos supervivientes. Para cuando yo la conocí, Stefanie Lukas se había convertido en una anciana profundamente desagradable que nos obligaba a llamarla tía Steffi y cuyo apartamento estaba atestado de objetos de valor que originalmente habían pertenecido a mis abuelos: tomábamos café y pasteles con ella sentados alrededor de una mesa cubierta con un precioso tapete de encaje hecho a mano por mi abuela. Probablemente le habían entregado aquellas cosas para que las guardara temporalmente, pero ella nunca lo admitió y, al morir, por despecho, se lo dejó todo a su asistenta, quien (creemos) se quedó con las cosas buenas y tiró todo lo demás. Como durante un tiempo se había alojado en la casa de la familia de mi padre, la tía Steffi lo sabía todo sobre el desalojo de Leo y Fanny, sobre su alojamiento cada vez más precario en dos sucesivos “apartamentos colectivos” para judíos y sobre su deportación al este. Podría habernos contado con todo detalle sus últimos días en Viena, pero decidió no hacerlo. En cambio, nos hablaba interminablemente de sus propias penalidades durante la guerra y de cómo, vestida con su uniforme de oficina, permaneció durante días en uno de los enormes búnkeres del Augarten mientras las bombas destruían los edificios de alrededor.

En el ejército, mi padre había servido en la OSS, la Oficina de Servicios Estratégicos, precursora de la CIA durante la guerra. Diseñaba carteles y folletos que difundían información sobre el enemigo, incluidas las atrocidades nazis. Tras licenciarse en abril de 1946, volvió a alistarse para servir en el gobierno militar estadounidense en Alemania, de modo que durante toda la guerra y después de ella tuvo acceso temprano a información sobre el Holocausto. Los cuadros que pintó entonces en Berlín, y que cimentaron su reputación internacional, eran reconocimientos explícitos del asesinato de sus padres y monumentos en su memoria. Para nosotros, de niños, era evidente que nuestras estancias anuales de cuatro meses en Viena, realizadas en apariencia para que mi padre pudiera pintar del natural vistas de la ciudad y sus alrededores, eran en realidad una prolongada forma de duelo. ¿Por qué, si no, abandonaríamos cada año nuestra feliz vida en Pittsburgh para viajar a lo que nos parecía una ciudad fantasma y seguir a mi padre mientras buscaba cosas que pintar? ¿Y por qué, si no, habríamos acabado precisamente allí, en la Volkertplatz, en un apartamento cuyo único atractivo eran las vistas? Para mí, el cuadro de mis abuelos en su salón llegó a simbolizar ese pasado que no daba tregua. Debió de pintarlo cuando mi padre aún albergaba alguna esperanza de que siguieran vivos. Sobre la mesa que hay entre ambos representa el esotérico juego de tablero —un invento de su padre aficionado a estas cosas— todavía en curso, con azules y amarillos casi empatados. Y hace que el hilo del tejido de su madre ascienda por encima de los brazos de cristal soplado de la lámpara de araña y descienda hasta el pequeño ovillo danzante, como si quisiera conectarse a sí mismo y conectarnos a nosotros, los espectadores, con el hogar, con la madre que, como Penélope, teje mientras espera el regreso del héroe exiliado. De hecho, en los formularios que rellenó para su servicio militar en 1944, cuando pintó aquel hilo ondulante, todavía consignaba a su madre como su pariente viva más cercana. Así pues, a través de la vista de la Volkertplatz que se vislumbra en el cuadro, este conseguía también proyectar continuamente hacia el futuro ese diminuto pero real destello de esperanza, hacia nuestro hogar, que por ello habitábamos sin sosiego.

No fue hasta 1997 cuando descubrí los hechos. Estaba en Viena escribiendo el catálogo para una retrospectiva de la obra de mi padre en el Belvedere. Sabiendo lo reacio que era el público vienés a enfrentarse a su pasado nazi, me incomodaba mi propia y poco inquisitiva vaguedad acerca de la muerte de mis abuelos. “Auschwitz” seguido de un signo de interrogación resultaba lamentablemente insuficiente en semejante contexto. Por casualidad, a través de un amigo que estaba de visita desde Oxford, conocí a Simon Wiesenthal, quien me dijo que fuera al Bevölkerungsamt —pronunció la palabra despacio para que pudiera anotarla—, pero no pude encontrar ninguna institución con ese nombre. Después, mientras gestionaba el pago a mi traductor de alemán, visité las oficinas de Illustrierte Neue Welt, una revista judía fundada en 1897 por Theodor Herzl y que todavía se publicaba en Viena. Allí, la redactora jefe (la madre de mi traductor) me dijo qué debía hacer. Bastaba con ir a la Israelitische Kultusgemeinde y allí me dirían todo lo que se podía saber. Más tarde ese mismo día me encontré sentado frente a la archivera de guardia, al otro lado de su escritorio, en un despacho sin ventanas contiguo a la principal sinagoga de Viena. Antes de que pudiera terminar de explicar el motivo de mi visita, Frau Weiss tomó un voluminoso registro de nacimientos y lo abrió bruscamente por la página correspondiente: “Heinrich Sieghart Körner, nacido en Viena el 28 de agosto de 1915, fallecido en St. Pölten el 4 de julio de 1991”. Lo que me sorprendió no fue tanto el nombre de mi padre, con aquel “Sieghart” wagneriano original y abandonado hacía mucho tiempo, como la precisión acerca de su reciente muerte, porque el archivo parecía una auténtica cápsula del tiempo, con registros antiguos conservados pero que ya no se actualizaban. Mientras yo balbuceaba unas palabras de agradecimiento, Frau Weiss, basándose en la partida de nacimiento de mi padre, había localizado rápidamente en una gran caja de cartón un trozo de papel amarillento, que colocó cuidadosamente delante de mí. Allí, escrito a tinta con una misma letra, figuraba el nombre de Leo Körner y las palabras “mit Gattin nach Minsk”. Con otra letra se había añadido a lápiz una nota: “(deportiert)”. Al recordar la misteriosa nota de mi madre, creí encontrarme de nuevo ante el mismo callejón sin salida. Pero Frau Weiss, adoptando la actitud profesional de quien está acostumbrada a comunicar malas noticias, me explicó que los más de nueve mil judíos vieneses dados oficialmente de baja del registro con destino a Minsk habían sido, en realidad, deportados por la fuerza; la palabra deportiert en el papel amarillento había sido añadida después de 1945, probablemente por algún archivero como Frau Weiss. Y todos aquellos miles de personas solo habían pasado por Minsk, por unas vías secundarias de su estación de mercancías, antes de ser enviadas en secreto hacia un lugar terrible llamado Maly Trostinets. Allí, todos fueron fusilados o gaseados nada más llegar. Lo sabemos, explicó, gracias a los registros ferroviarios, los testimonios de los juicios de posguerra y el relato de un único superviviente: solo se tenía constancia de que diecisiete personas hubieran sobrevivido a los transportes “a Minsk” procedentes del Reich alemán.

Frau Weiss me enseñó entonces un viejo cartel hecho a mano que tenía en la pared de su despacho y que representaba el laberinto burocrático concebido para hacer que abandonar Austria fuera primero difícil y costoso para los judíos y, después, imposible, a medida que la emigración se transformaba en transporte forzoso hacia los campos de exterminio del este. Creado por alguien que trabajaba en la Israelitische Kultusgemeinde Wien, el cartel se parecía a los isotipos utópicos de Otto Neurath, pero puestos al servicio del asesinato; su autor probablemente fue asesinado en 1942.

Frau Weiss también me dio unos folletos para que los leyera. Supe que la utilización de Maly Trostinets como lugar de exterminio marcó un importante punto de inflexión en el genocidio nazi. Hitler pretendía que su invasión de la Unión Soviética fuera una rápida guerra de exterminio. No solo había que destruir al enemigo bolchevique: poblaciones enteras debían ser asesinadas o condenadas a morir de hambre para crear Lebensraum para Alemania. Colonos alemanes y “germánicos” cultivarían lo que habría de convertirse en el inmenso nuevo granero de su Reich de los Mil Años. A finales de 1941, Hitler orientó esos planes asesinos de manera más apremiante hacia los judíos. Las masas de población judía de los territorios conquistados, junto con los judíos que aún quedaban en Alemania y Austria, serían transportadas en tren a centros de exterminio construidos expresamente para ese fin. A diferencia de los campos de concentración, que mataban a algunos prisioneros y hacían trabajar a otros hasta la muerte, estos campos exterminarían inmediatamente a los recién llegados mediante gas venenoso, y sus restos serían incinerados en enormes crematorios. Los pocos prisioneros obligados a encargarse del gaseamiento y la incineración también serían asesinados siguiendo una rotación eficiente, sin dejar atrás testigos ni pruebas. Estas operaciones se llevarían a cabo en territorios situados muy al este del Reich alemán. Envuelta en la niebla de la guerra y empapada en la sangre de las atrocidades de Stalin, la región en torno a Minsk parecía idónea para este propósito. Como nudo ferroviario, Minsk disponía de líneas de larga distancia en todas direcciones, además de ramales que conducían a enclaves poco conocidos de los alrededores. Uno de ellos era el abandonado koljós soviético Karl Marx, junto a la aldea de Maly Trostinets —el nombre significa “Pequeño Trostinets” y presenta numerosas grafías alternativas: Trostenets, Trostinez, Trascianiec, Trostenec, Trastsianiets, Tras’tsanyets—. Con vías férreas que llegaban hasta allí, edificios suficientes para alojar a los guardias y a los trabajadores esclavizados y dos bosques aislados en sus lindes, aquel diminuto asentamiento —vaciado de sus habitantes y cercado como Wehrdorf de acceso prohibido— se convirtió en un precursor improvisado de los enormes campos de exterminio que se estaban construyendo en la Polonia ocupada, algo a medio camino entre un lugar de matanza como Babi Yar y las instalaciones industriales de exterminio de Treblinka, Sobibor y Belzec.

Los judíos de Viena fueron los primeros del Reich alemán en ser deportados para su “reasentamiento” en el este. Esta distinción poco conocida fue consecuencia directa de otro precedente austríaco olvidado: la expulsión de los judíos de sus hogares en 1938. Fue el antisemitismo popular vienés el que inventó, de manera repentina y para sorpresa de las autoridades nazis, la idea de dejar sin hogar a los ciudadanos judíos y ponerlos a merced de la policía. También fueron principalmente judíos vieneses quienes, entre el 6 de mayo y el 10 de octubre de 1942, fueron asesinados en Maly Trostinets. Decenas de miles de judíos de otros lugares murieron allí también, junto con soldados soviéticos, ciudadanos bielorrusos, tanto judíos como cristianos, y partisanos. Las estimaciones del número total de muertos oscilan entre 80.000 y más de 300.000; la señalización del Complejo Conmemorativo cifra el total en 206.000, basándose en un informe soviético temprano. Tras la derrota nazi en Smolensk en octubre de 1943, se puso en marcha una enorme operación secreta de exhumación para ocultar las matanzas al Ejército Rojo, que se aproximaba. Prisioneros soviéticos fueron obligados a reabrir las zanjas del bosque de Blagovshchina y a transportar los cadáveres en descomposición —a los que el comandante nazi Arthur Harder llamaba Figuren (figuras)— hasta una gigantesca hoguera, alimentada con madera requisada por la fuerza a los campesinos de los alrededores. Los restos desenterrados eran examinados en busca de oro dental y quemados en pilas de cinco metros de altura sobre una parrilla construida con raíles de ferrocarril.

La existencia de Maly Trostinets salió a la luz cuando el Ejército Rojo recuperó Minsk en julio de 1944 y encontró en sus afueras treinta y cuatro enormes fosas todavía humeantes, llenas de cenizas, raíles retorcidos y restos humanos. Después de 1945, la zona cayó en el olvido y se convirtió en una tierra de nadie cercada. Algunas partes pasaron a utilizarse como vertedero —respiraderos de metano en forma de hongo todavía salpican los campos que rodean los monumentos conmemorativos, y en la década de 1990 se arrojaron al descampado fragmentos de monumentos derribados de la época soviética mientras alrededor se levantaban nuevos bloques de apartamentos—. La historia de Maly Trostinets quedó aún más oscurecida por la enorme cantidad de lugares de exterminio existentes en Bielorrusia. Durante sus tres años de ocupación, los nazis destruyeron, según algunas estimaciones, hasta cinco mil aldeas y seiscientas ciudades y pueblos, asesinando a la mayoría o a la totalidad de sus habitantes, y gestionaron al menos setenta campos de exterminio. Las autoridades soviéticas sellaron los archivos, pues un enorme número de bielorrusos había sido asesinado por la policía secreta de Stalin entre 1938 y 1941, y en 1989 una comisión bielorrusa señaló que al menos treinta mil personas habían perecido en los bosques de Kurapaty, a pocos kilómetros del bosque de Blagovshchina. El propio topónimo Maly Trostinets desapareció de los mapas cuando la zona quedó incorporada al área metropolitana de Minsk. Hasta la década de 1990, cuando los archivos se abrieron a los historiadores, el enigma de la desaparición de mis abuelos fue un misterio colectivo compartido por miles de familias con parientes vieneses.

Llegamos a Minsk en un momento propicio. Cinco días después, justo después de nuestra partida, el presidente Alexander Lukashenko, junto con el canciller austríaco Sebastian Kurz y numerosos dignatarios, inauguraría el primer monumento de Maly Trostinets que reconocía abiertamente el asesinato de los judíos vieneses. Vladimir, nuestro guía y un cineasta que acababa de terminar un documental sobre el gueto de Minsk, había comunicado nuestra visita al embajador de Austria en Bielorrusia y a la televisión estatal bielorrusa, convirtiéndola en un pequeño acontecimiento público. La hija de Vladimir, que también aspiraba a ser documentalista, nos filmó junto con el equipo de televisión, como si quisiera hacer un documental sobre el “making of” de la cobertura televisiva. En realidad, solo esperaba montar una película para nuestra familia, mientras que el propio equipo de televisión se limitaba a grabar imágenes de recurso para su cobertura de la ceremonia oficial. Para aquel día se pronosticaba lluvia, y sería más difícil organizar entrevistas con las familias de los supervivientes.

De niño me perturbaba tener dos personas dentro de mi cabeza. Una era un “yo” que permanecía oculto y en silencio en lo más profundo de mí. La otra era una voz, fuerte y vociferante, que narraba, por lo general burlonamente, todo lo que me veía hacer. A este “locutor”, como yo lo llamaba, era imposible hacerlo callar, y si alguna vez el inaudible “yo” conseguía conjurar a una tercera persona que hablara en su nombre, el “locutor” se limitaba a gritar aún más fuerte sus groseros comentarios. Con el tiempo, estas pugnas fueron remitiendo, quizá porque el “locutor” acabó convirtiéndose en mí. Pero Maly Trostinets hizo que, de algún modo, volvieran a mi memoria aquellas dos personas interiores mientras intentaba eliminar de mi experiencia a las distintas personas que la estaban documentando, incluido yo mismo. De camino al lugar de exterminio de Blagovshchina, mientras atravesábamos cinco vagones de tren estilizados concebidos para simbolizar el último viaje que hicieron las víctimas antes de morir, Vladimir me invitó a imaginar allí a mis abuelos. Hablándome en voz baja al oído, evocó lo que se sabe de aquellos últimos momentos: cómo los recién llegados tenían que dejar sus maletas etiquetadas en una pila ordenada para que se las entregaran más tarde; cómo los engañaban haciéndoles creer que habían llegado a los nuevos hogares que les habían prometido; y cómo, en grupos lo bastante pequeños para poder controlarlos, los obligaban a desnudarse y arrodillarse al borde de la fosa. Yo conocía esos detalles, todos ellos extraídos de testimonios de los juicios de posguerra y del relato de un único testigo, y habría querido recorrer a solas aquel itinerario coreografiado, o de la mano de mis hijos. Pero, por supuesto, también podría haberlo hecho así, y agradecía a Vladimir su esfuerzo, pues sabía desde hacía mucho que aquellas imaginaciones estaban por completo fuera de mi alcance, y ahora me parecía indecente para la memoria de mis abuelos imaginarlos haciendo aquello allí, en aquel lugar real por el que yo caminaba.

En decenas de árboles del bosque, la gente había colgado placas conmemorativas amarillas y plastificadas con los nombres de pila y las fechas de muerte de familiares asesinados. Mis hijos deambulaban bajo los altos pinos buscando los nombres de Fanny y Leo, sin encontrarlos. En el bosque, el equipo de televisión apartó la cámara; Vladimir permaneció discretamente a un lado. Tenía la sensación de estar, literalmente, demasiado cerca de los árboles para ver el bosque. El único pasado que regresaba a mí era el que mi padre recordaba con mayor viveza: sus padres paseando por sus queridos bosques de Viena.

La palabra alemana habitual para monumento es Denkmal, de denken (pensar) y Mal (marca o signo). Los monumentos son marcas, meras presencias de una u otra clase, que nos hacen pensar, quizá con una sensación de reproche; un sinónimo alemán de Denkmal es Mahnmal, de mahnen (advertir o amonestar). La palabra Mal posee una carga temporal y también puede significar un momento o un acontecimiento, como en diesmal (esta vez) o es war einmal (érase una vez), y, en efecto, la mayoría de los monumentos están ahí para hacernos pensar en el pasado. Cuanto mayor es la conciencia histórica de una cultura, más monumentos construye. En el siglo XIX, Alemania fue la auténtica patria de la conciencia histórica. Allí la historia llegó a entenderse como la principal fuerza y la secreta “astucia” de la vida humana. Por un extraño giro de la ironía, lo que los alemanes hicieron en el siglo XX precipitó el mayor dilema de la historia de la construcción de monumentos: cómo conmemorar el Holocausto. No solo estaba el problema de que suelen ser los vencedores quienes erigen monumentos y Alemania era un perpetrador derrotado; la crueldad y la magnitud de aquello que había que conmemorar desafiaban al pensamiento, mientras que todas las fórmulas tradicionales de advertencia, incluso la simple exhortación a “recordar”, suenan pedantes, como si partieran de la obscena presunción de que semejantes atrocidades pueden llegar alguna vez a comprenderse moral o históricamente.

En 2015 se erigieron en el recién acondicionado Complejo Conmemorativo de Maly Trostinets dos altas losas de bronce, formadas por representaciones expresionistas de prisioneros, cercas y alambre de espino, que figuraban las puertas entreabiertas de un campo de prisioneros. El monumento, llamado las Puertas de la Memoria, iba acompañado de un texto que solo hablaba de los “habitantes de Minsk” y los “civiles deportados de Europa” asesinados allí. La conocida (y políticamente cargada) omisión de los judíos como víctimas inquietó a muchos visitantes del lugar. Una de esas visitantes fue Waltraud Barton. Nacida protestante en Viena, había descubierto que su abuelo paterno se había divorciado en 1938 de su primera esposa (una conversa del judaísmo) y que, después de trabajar como criada y enfermera en la casa de su exmarido, ya vuelto a casar, ella había sido enviada a la muerte en Maly Trostinets. Cuando Barton fue a Maly Trostinets en 2010 para rendir homenaje a esta olvidada integrante de su familia, quedó horrorizada al comprobar que no se mencionaba a las víctimas judías austríacas, y decidió conmemorarlas: primero de manera extraoficial mediante aquellas placas amarillas, cuya colocación había organizado, y después mediante un monumento permanente, que finalmente financió el Gobierno austríaco.

Este era el monumento que estaba a punto de inaugurarse cuando hicimos nuestra visita, y nuestras reacciones ante él eran lo que la televisión bielorrusa quería captar. Diseñado por el arquitecto vienés Daniel Sanwald y realizado por el mismo escultor de Minsk que creó las Puertas de la Memoria, el nuevo Macizo de los Nombres consta de diez columnas muy juntas, fundidas a partir de un modelo de arcilla en hormigón gris oscuro reforzado con fibras. Cada pilar representa uno de los transportes ferroviarios procedentes de Viena, pero el conjunto se percibe como un único bloque agrietado, que evoca los cuerpos sepultados y compactados bajo tierra. Su forma, dimensiones, material y rechazo de la figuración recuerdan el monumento al Holocausto de Rachel Whiteread en la Judenplatz de Viena, aunque la idea que sustenta la obra de Sanwald es más sencilla que la de Whiteread. Aproximadamente a media altura de todos los pilares discurre un friso cóncavo de nombres de pila que, visto desde lejos, parece una zona erosionada o dañada. Cuando llegamos al monumento, el equipo de televisión enfocó sus cámaras hacia los cuatro mientras rodeábamos el macizo en busca de los nombres de mis abuelos. Resultó que estaban muy separados, pero, como sabíamos sin necesidad de decirlo, eran nombres vieneses corrientes y podían corresponder a cualquier número de víctimas que los llevaran. Vladimir nos animó a colocar guijarros en las pequeñas repisas formadas por sus nombres, siguiendo la costumbre de los cementerios judíos. Su hija llevaba dos velas, que mis hijos encendieron en honor de Leo y Fanny Körner.

Pero había una pregunta que no dejaba de inquietarme. Puesto que conocemos con bastante precisión los nombres y apellidos y las direcciones de casi todos los judíos vieneses asesinados en Maly Trostinets, porque las listas de los transportes los registraban, ¿por qué representar únicamente los nombres de pila? ¿Por qué esa insistencia en el anonimato, cuando una de las características más poderosas de este lugar es precisamente que contiene a individuos tan bien documentados? Los austríacos persiguieron a sus propios vecinos judíos, meticulosamente registrados y dados de baja del registro, y austríacos —maquinistas ferroviarios, fogoneros, revisores, guardafrenos, jefes de estación y policías— participaron conscientemente en el asesinato, rivalizando incluso entre sí en su celo, aunque se conserva un informe de guardias vieneses a bordo de los trenes de deportación quejándose de que no tenían suficientes provisiones para ellos mismos y de que debían trabajar los domingos. Uno de los primeros transportes fue apartado a una vía muerta, con los judíos encerrados dentro, mientras la tripulación austríaca del tren se tomaba libre el domingo.

Resulta que fue el Gobierno bielorruso el que no aceptó que figuraran apellidos en el nuevo monumento. Se argumentó que una identificación tan detallada deshonraría a las decenas de miles de bielorrusos cristianos asesinados en Maly Trostinets, cuyos nombres han desaparecido. Viene a la mente un viejo dicho: algunas personas nunca perdonarán a los judíos Auschwitz. O, como lo expresó Thomas Hobbes, un daño tan grave que no puede expiarse “inclina a quien lo causa a odiar a quien lo padece”. Lo que hizo que los nazis fueran asesinos tan escrupulosos fue que su solución final exigía erradicar a todos y cada uno de los judíos, como se elimina hasta el último virus de una enfermedad mortal. Sin embargo, aunque fue precisamente ese odio homicida particular el que preservó para la posteridad los nombres de los judíos exterminados, esa singularidad ha generado paradójicamente una hostilidad de segundo orden. En la mente de algunos bielorrusos, tanto los perpetradores nazis como su enemigo particular forman parte de la larga lista de intrusos. Desde esta perspectiva, el compromiso de utilizar solo nombres de pila quizá sea un intento de “descolonizar” la historia de la nación. Convertir en anónimos a los judíos muertos iguala una representación histórica que —según este razonamiento— ha sido monopolizada por los judíos.

Llevaba aproximadamente una semana de regreso en Estados Unidos cuando recibí de Vladimir un enlace al reportaje oficial sobre la ceremonia de inauguración. Emitido por la Televisión Nacional, comenzaba con un presentador que explicaba que, mientras Austria se negaba a recordar cierta “página de su historia”, el presidente Lukashenko había exhortado valientemente a todas las naciones a crear un monumento “a los ciudadanos austríacos de origen judío” que murieron en Maly Trostinets. Y, de pronto, allí estábamos nosotros en la pantalla, buscando a Fanny y Leo en el Macizo de los Nombres. La cámara nos había captado con habilidad. Asomándose por el borde del monumento o encontrándonos a través de sus grietas, hacía que nuestros movimientos parecieran espontáneos y privados: una mano colocando un guijarro entre la L y la E de Leo; Leo, mi hijo, encendiendo una vela por su homónimo; los cuatro apiñados en silencio bajo el frío viento de marzo. Y entonces, intercaladas con aquellas imágenes, aparecía yo hablando ante el micrófono sobre la historia de mi familia. Aquella entrevista había inquietado a Leo. Le preocupaba que las cosas captadas por las cámaras de otros pudieran volver algún día para perseguirte, aunque cuando sus amigos empezaron a reenviarle el enlace ya no parecía preocupado.

Sobre la cuestión más profunda de si habría sido mejor visitar Minsk por nuestra cuenta, tenía sentimientos encontrados. El equipo de televisión había sido una distracción, y Vladimir había desviado mi atención de la familia y se había apropiado de lo que Leo había concebido como una aventura íntima. Pero él y su medio hermano Ben habían conseguido escaparse a los grandes almacenes GUM, haciendo fracasar el “recorrido especial en autobús” de Vladimir por Minsk, y evitamos una visita guiada por el comisario a una exposición de la Escuela de París para, en cambio, recorrer la ciudad de punta a punta por nuestra cuenta hasta llegar a uno de los destinos que Leo había planeado: un cementerio de estatuas de la época soviética, con enormes cabezas de Stalin de yeso, piedra y bronce colocadas sobre estanterías baratas de almacén. Pero aquellas salidas parecían momentos robados. Sigi había llegado del aeropuerto en mitad de una cena en el restaurante de una galería sin que nadie le explicara por qué estábamos allí y, como teníamos el tiempo tan densamente programado, no fue hasta el tercer día de nuestra visita cuando comprendió del todo quién era Vladimir y por qué llevaba las riendas. Pero ella, Ben y Leo coincidieron en que, en conjunto, nuestra visita había sido mucho más rica gracias a nuestros guías bielorrusos.

Para mí, la privacidad nunca había sido realmente una opción. Me puse en contacto con Waltraud Barton con el pretexto de dejarnos en buenas manos, cosa que hizo a través de Vladimir, pero también lo hice para administrar mi encuentro con Maly Trostinets mediante el amortiguador de personas ajenas a la familia. El viaje me parecía la coda de una película y no el final de un viaje, por lo que no me sorprendió encontrar cámaras a nuestra llegada. Mi propia película había sido concebida para evitar un cierre, puesto que alcanzarlo era imposible. Todo se encaminaba hacia la casa de la infancia de mi padre, el lugar representado en su cuadro, pero aquella casa, y de hecho todo el edificio de apartamentos, había sido destruido por una bomba incendiaria; en 1946, mi padre fotografió sus ruinas y tituló la foto “Mi casa”. Todos los que trabajábamos en la película coincidíamos en que no debía mostrarse el edificio que se levantó sobre los escombros, del mismo modo que nosotros, cuando vivíamos en aquel barrio, nunca alzábamos la vista hacia aquellas modernas ventanas del tercer piso que parecían crueles impostoras. Incapaz de proporcionar un cierre, la película —¿o era yo, bajo el control de la película?— intentaba, como en una pesadilla, repetir. Sus amorosas imágenes de la “hermosa Viena” estaban tomadas directamente de cuadros de mi padre, y escenificaba las entrevistas con archiveros e historiadores como curiosas viñetas, semejantes a las que mi padre pintaba en la ciudad, con mi hermana y conmigo posando como modelos.

Odiaba posar para mi padre. Al interrumpir nuestro libre movimiento por la ciudad y obligarme a permanecer inmóvil durante horas en posturas extrañas, posar me enfrentaba a mi condición de actor en la trama de otra persona. Y confirmaba la sensación que tenía de mí mismo como alguien que estaba siempre ya siendo narrado por aquel infernal “locutor” ante un público silencioso de una sola persona. Si llegué a hacer las paces con aquel demonio interior, fue únicamente poniéndome en su lugar y contando la historia de su historia. Los términos de aquella tregua regresaron a mí en Maly Trostinets. Mientras me acercaba al bosque de pinos con la voz de Vladimir en el oído, no encontré a nadie dentro de mí que pudiera sentir lo que yo debería haber sentido. Quizá mis hijos, que caminaban delante de mí hacia el bosque, pudieron dejar descansar el pasado, pero yo no puedo ni quiero hablar por ellos.



* Sobre el autor:
Joseph Leo Koerner (Pittsburgh, 1958) es un historiador del arte y ensayista estadounidense, profesor en la Universidad de Harvard. Especialista en arte alemán y centroeuropeo, ha dedicado buena parte de su obra a figuras como Caspar David Friedrich, Alberto Durero, El Bosco y William Kentridge, así como a las relaciones entre arte, memoria e historia. Es autor, entre otros libros, de Caspar David Friedrich and the Subject of LandscapeThe Moment of Self-Portraiture in German Renaissance Art y Bosch and Bruegel: From Enemy Painting to Everyday Life. Sus ensayos y textos críticos han aparecido en publicaciones como GrantaThe New Republic y The New York Review of Books.






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