Periporno orgiástico / utopía o ‘creampie’

Tengo la sospecha de que lo orgiástico (en términos de sexo y en otros términos que nada tienen que ver con el sexo) es hoy un signo mayor con el que podría definirse y evaluarse la situación

A mi mente viene una frase que leí en un libro post-apocalíptico: el jardín secreto del infierno. Hablo así, en una suerte de caída in medias res, porque al referirme a la situación ya se sabe que se trata de la más fermosa.

Esta tierra sigue ostentando, supongo, las galas abstractas de una nación, pero ya no es un país. 

Imagino, desde las llamas de lo real, la orgía directa (y risueña y saturada de pequeños y grandes asombros) de un grupo de desnudos en acción, aparte de la orgía de las mentiras flagrantes, la orgía de las tinieblas y las enfermedades y los virus, la orgía de la desconexión del/con el mundo, la orgía de los precios y el hambre, la orgía de los basurales desmesurados, la orgía de los discursos vacíos y otras orgías más.

La mayor action-painting que se me ocurre, el mayor performance testificable en un art-video donde lo efímero quede derrocado en la maravillosa era de la post-reproducibilidad, sería quizás una añadidura de realidad a lo real, un suceso silente (no más palabras) donde la intimidad sexual se metamorfosee en contestación digna y airada al cúmulo de calamidades (Hamlet hablaba de un mar de infortunios) que caracterizan el entorno insular.

Cuando todo falla y se rompe o no funciona o se ausenta (lo que llamo la MECA en el país de la maldita circunstancia del agua por todas partes, o sea: Medicamentos, Electricidad, Comida, Agua…, repito: MECA), y cuando a eso se añade la índole desastrosa y burlona de la señal de internet, el caos del valor de los alimentos, el ruido monstruoso de las plantas eléctricas, el crecimiento inhumano de los padecimientos trasmitidos por ratones y mosquitos en el País de la Basura, o País Basura, es posible que el sexo se constituya en un espacio de libertad y, por supuesto, de goce. Una de las poquísimas zonas de disfrute, digo yo, si esa noción se mantiene, como diría Beckett.

Más allá del hecho de que acabo de merodear por algunos lugares comunes ya muy comunes, todavía es posible aludir al sexo de un modo entusiasmado. ¿Evasivamente? Sí y no. Y entonces aparece el arte. Y un escenario que casi deviene natural de tanta acumulación de artificios: el muro del malecón habanero.

Periporno. Alrededor del porno. En sus fronteras o en sus inmediaciones más contaminantes. Supraporno. Ir a los suburbios y llenarlos de incoaciones sensuales. Porque ir a esos alrededores boscosos sin hollar los claros, significa e implica exacerbar. Diferir. Densificar el deseo. Pero desde y con el arte. ¿Abolir la naturalidad? Si, total, ¿ella acaso no desaparece cuando intervienen el relato y la representación? 

Sin embargo, cuando los símbolos entran en escena, el sexo adquiere una doble dimensión: viene a ser intimidad expandida y escenario con personajes. Es más: el sexo jamás es natural. No hay ni que esforzarse en implantar el artificio.

No habrá electricidad para empezar los preparativos y, sin embargo, siempre habría gente dispuesta a traer sus plantas eléctricas (las que funcionan en silencio) para encender las luminarias y alumbrar el escenario. El cine necesita mucha luz. Igual que la desnudez de los ángeles que, al ascender o descender, despiden un resplandor bellísimo entre sexos exacerbados y pieles brillosas de sudor.

Los voluntarios. Gente de todo tipo, gente de variada condición, gente variopinta. Este es un coto de caza muy discreto, compañeros, pero plural y democrático. Aquí no se viene a cobrar piezas, sino a presentar y representar (el dilema estético de todo gesto estetizado) los umbrales del folleteo

Porque el folleteo o la singueta no es lo que las cámaras recogerán, sino más bien la aproximación al folleteo, sus muy diversas proximidades, sus a punto de. Frente el muro, de espaldas a la urbe, o contra el muro, o sobre el muro, mirando hacia el mar o hacia el reborde triste de la ciudad, donde los curiosos hacen su papel de espectadores.

Y, luego de algunos breves ensayos, las desnudeces. Ahí todo el mundo contiene el aliento. ¿Cómo si no? 

Dejas de respirar cuando ves la rimbombancia formal de algunos penes, la violencia de los apriscos de los clítoris, el ímpetu selvático de unas entrepiernas, el contraste de determinados rostros con ciertos cuerpos y ciertos órganos. Porque hay sonrisas apenadas que discrepan de ciertas magnitudes, por ejemplo. Y algún hijo de Edgar Allan Poe, algún un hop-frog con cara de mucho y cuerpo de poco.

Cuando se oye el grito de “¡Acción!”, se supone que todos empiecen a meterse mano. A sí mismos y unos a otros, y unos a otras, y unas a otras: unxs a otrxs. 

Y allí mismo aparecen los carteles, sostenidos por grandes palos para que se alcen por encima de la multitud. ¡VIVA LA UTOPÍA!, reza uno. ¡PROHIBIDO PROHIBIR!, reza otro. ¡ADELANTE LA LIBERTAD!, se deja leer en un tercero. Hay un cuarto: ¡ADOREMOS AL PINGARIO NACIONAL! Y un quinto, enarbolado por una mujer como de cincuenta y tantos años: ¡YO LO QUE QUIERO ES UNA CUÑA DE CAKE CON DOS BOLAS DE HELADO!

(Habría un momento de especial lucimiento para el Mons Veneris y, en concreto, para las embarazadas audaces.)

Hay masturbaciones mutuas y propias. Pero nada de penetraciones, a no ser las vetustas penetraciones ideológicas o las próximas penetraciones (del mar) por zonas bajas, porque viene un ciclón desde el Caribe oriental, según dicen los noticieros.

Pero detrás del grupo, al amparo de la multitud, se había escondido una acuciosa y artera pareja: un jovencito y una muchacha. Ella, desnuda encima de una silla plástica, alza los muslos. Él había estado penetrándola (vaginalmente, de acuerdo con los testigos inmediatos) con un extraordinario vaivén que es entre dulce y vehemente, entre amable y áspero. Y es entonces cuando sobreviene el creampie.

¡Ah, el creampie, la inefable efusión de la crema pastelera!

¿Cuánto cuesta un pastel de crema de tamaño regular? Ya anda por los 200 pesos, aunque el precio varía según donde lo compres. 

Justo en ese instante, entre aplausos, el grupo se divide para dejar ver lo que ocurre. Y una de las cámaras hace zoomsobre la vulva vibrátil, viscosamente vapuleada. El semen escapa, la pinga cimbrea unos segundos (¡ah, que tú escapes!) y se retrae y el creampie es todo un hecho: imperioso, bello, inexcusable.    

La Utopía se calla, huye, deja de profetizar.

Hace 16 años, en Grecia, toqué la roca de la Sibila. 

No más necedades, por favor. No más desfachatez.

Estábamos en Delfos, cerca del templo de Apolo. 

No rendirse y practicar el creampie. O sostener, impávida y alegremente, el deseo de la orgía. Cometerla sin más ni más. Hasta que el Gran Desastre acabe de tragárselo todo PLP.






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