Nighthawks, de Edward Hopper (1942).
En estos momentos, vivo dentro de un filme, soy James Stewart en Rear Window, atrapada en mi apartamento, con la vista que me proporciona una ventana, en un paisaje que, aunque estático, se transforma y me deja, a veces, decepcionada, confundida, pero también impotente, como el hombre que tenía la pierna fracturada y debía permanecer en un sillón de ruedas día y noche.
Aquí no hay un asesinato premeditado: se mata impunemente, sin castigo para los ejecutores. Nadie se salvará, si no aparece un golpe cercenador que acabe con lo paralizado.
Si me urge salir de la cama, puedo moverme con cuidado, escuchando mis huesos rechinar, la piel tironeando, como si en el flanco derecho tuviera pegada una armadura que no se separa de mí. La sensación es incómoda, no obstante, puedo tolerar el dolor.
Algunos no están preparados para esto. Se dice que un escritor se adapta y lo experimenta de manera diferente. Quizás sea para asumir una pérdida anticipada de un relato condenado al fracaso, ese que nunca tuvo el valor de entregar a una editorial. Guardarlo para sí mismo fue la mejor solución. Alojado en su costado, trenzado a su costilla, el dolor es inmanente, forma parte del cuerpo. Debo aguantar y tolerarlo por meses.
La vida cabe en un lienzo de Edward Hopper. El artista es quien crea y transforma la materia para los demás. Hace lo que le dictan sus fantasmas. En su arte existe una esencia viva entre personajes y espacios, historias ocultas, instantes inacabados para nosotros y que, sin embargo, podemos recrear con solo imaginarlos. Cualquiera quisiera estar adentro de uno de sus cuadros.
Observo el diner nocturno (Nighthawks) en una ciudad espectral, donde el camarero atiende a tres clientes trasnochados, seguramente recomendándoles algún refrigerio, o escuchando sus pláticas banales para entretenerse. Los que sirven nunca se aburren, oyen lo que no tienen derecho a oír. De esta manera, son jueces y pueden resistirse al cansancio, a ese volver a los hábitos y al hastío del hogar.
En realidad, esos clientes no hablan, permanecen silenciosos e incomunicados entre sí. La virtud de Hopper es reflejar el carácter urbano junto a la desolación de la gente. Nosotros, en una Habana negra, espectral, igual somos otra de sus representaciones. Aunque él no haya soñado con pintarla alguna vez.
Hopper pintó a personas mirando por las ventanas. En sus escenas prevalece lo estancado y, sin embargo, esto es un engaño, pues se intuye movimiento interior en cada una de las figuras. Como generan pensamientos, acaso podemos sentir lo que quieren expresar. Todo es posible.
Las ventanas son espejos para asomarnos a lo real y también a la incapacidad de cambiar el mundo; un mundo destruido y sin resortes. Por eso trato de no ver los videos que la gente publica en las redes sociales, una madre cargando a un niño desgreñado y sin zapatos, hablando de que no tiene luz, agua, gas ni comida. Adiós a la escuela. Mi hijo no puede aprender con las tripas vacías…
La madre empieza a hablar en una lengua desconocida, ¿es español? Más bien se le enreda la lengua. Esta mujer ha perdido la fe. Es un zombi, una muerta viviente.

Rooms By The Sea, de Edward Hopper (1951).
Es importante volver a Hopper en Habitaciones junto al mar, esa pintura que retrata la luz entre dos habitaciones y el mar a la derecha. Tuve uno de esos retazos, pero sin sol, en mi ventana. Asimismo, tenía al mar del malecón habanero, liso, nunca fiero, sustraído como una fotografía anónima. Mar sin vínculo, abstracto.
Al amanecer (antes que llegaran los médicos para su visita habitual), lo miraba, deseando estar entre su azul y calmante oleaje. No podía, era obvio, solo conformarme y mirarlo de lejos, guardándole fidelidad, como a un amante inalcanzable.
No es agradable una convalecencia obligada. Trato de olvidar el hospital y sus precariedades. La falta de agua durante todo el día, cuando los acompañantes se movilizaban antes de la siete de la mañana para buscar el líquido en los pisos inferiores, haciendo largas colas, y luego se metían en el ascensor con aquellos recipientes. Hervidero de cuchicheos, lamentaciones y agua recogida.
La comida del hospital no había manera de tragársela. El arroz crudo y pegajoso, una cucharadita de frijoles aguados, el picadillo rosáceo (asemejaba vómito de perro) y un pedazo de boniato maltrecho. Peor que una bazofia carcelaria.
El plato invariablemente iba directo a un latón de basura que ponían en una esquina de la cocina. Las asquerosas sobras alimentaban el cerdo de alguien. Engordamos al cerdo. Lo hemos hecho a través de los años. Estamos esmirriados por haberle dado nuestro sustento. Flacos, como perros vagabundos, solo somos dueños de nuestra memoria.
Aquel capítulo forma parte de una miniserie. Todo era equivalente a una beca cuando te daban pase los fines de semana. Y te siguen aplazando por días, mientras temes y desesperas. Hasta que, de repente, te avisan de la cirugía. El día antes, un anestesiólogo extranjero te hace preguntas y recomendaciones. Luego, que estés lista a las seis de la mañana, impoluta, rasurada, aunque tu cuerpo esté podrido por dentro y urge hacer una limpieza general. Sacarte esa pequeña mugre que se aferra a un órgano, razón para sacarla sea como sea.
Obedecí, hice lo que dijeron los maestros brujos, aunque me recogieron un poco tarde. Un acompañante de otra cama se dignó a bajar conmigo en el elevador. Íbamos como sardinas en lata y yo trataba de no rozarme con nadie (o no llegaría impoluta).
Cuando llegamos, el que iba conmigo recogió mi ropa y mis chancletas. Una mujer me puso una bata azul, abierta por los costados. Parecía una momia, alguien sin identidad.
Me acosté en una camilla. La enfermera me hizo dos o tres preguntas. Luego canalizó una de mis venas. No me dolió.
Lo peor vino después. Quería sustraerme de las conversaciones de los empleados y enfermeros, de aquel ritual mañanero en que contaban sobre las dificultades del transporte y la falta de electricidad por largas horas, los precios de la comida, la lista completa de una factura atroz. No necesitaba escuchar sus alaridos y quejas. El miedo no me lo permitía.
Entonces dejé que el miedo se volviera otra cosa: un arte recurrente y salvador. Inicié un recuento de memorias, evoqué rostros queridos, libros y películas, toda una pléyade de historias y, finalmente, canté.
Murmurando bajito, inventé melodías para no escuchar la retórica gastada de un país sustraído, como una joya arrebatada y vendida a los usureros.
Así fue que pude esperar hasta que me trasladaron. Una mujer empujó la camilla hasta el salón y me pasé sin esfuerzo para una cama azul. Me hallé debajo de los grandes focos, como el centro de atención. Sin embargo, no había alfombra roja, sino una cama estrecha y una mascarilla sobre mi cara. Entonces alguien dijo: aspira hondo.
Todo se fue. No había imágenes ni colores. No estaba allí.
Desperté en la sala de recuperación. No sentí frío, sino a una mosca juguetona en mi brazo descubierto. La cirugía había sido un éxito.
Pensé en otro cuadro de Edward Hopper. La mansión aislada, erigida sobre una altura, en medio de una quietud reinante, sin árboles en derredor, con nubes ausentes en el cielo y tan solo iluminada por la luz del día.
Tal vez yo tenía la resistencia de aquella mansión.
House By The Railroad, de Edward Hopper (1925).

Los intelectuales de la Guerra Fría
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Por Samuel Moyn











