Eres uno de ellos, ¿no?



La pregunta del título de esta columna es el título del primer capítulo de Canon de cámara oscura (Seix Barral, 2025), la más reciente novela de Enrique Vila-Matas.

Es la pregunta retórica que le susurra al narrador y protagonista, sospechosamente nombrado Vidal Escabia (¿exprimo demasiado las consonantes si leo en ese nombre un disfraz del propio Vila-Matas?), su amiga Violet, en una fiesta de artistas catalanes y pijos culturetas (ese tipo de fiestas en la que no cuesta nada imaginar al propio Vila-Matas sentado en un sofá).

Y con “uno de ellos”, Violet se refiere a una gama de comercial de androides “que todavía circulan por Barcelona, todos con recuerdos implantados y capacidad para reproducirse […]. Algunos tienen un punto agresivo, una genética pendenciera”.

A mí las últimas pendencias de Enrique Vila-Matas no me han dejado buen sabor de boca. Lo digo como el lector fiel de su obra que he sido desde que a los veintipocos años me leí —e inmediatamente me releí— Historia abreviada de la literatura portátil: uno de esos pequeños grandes libros que llegan a ti en el momento correcto y lo viran todo al revés. Es decir, te lo ponen todo como mejor te encaja en ese momento.

Es cierto que Aire de Dylan (2012) estaba medianamente bien. Y con Kassel no invita a la lógica (2014) parecía que Vila-Matas insuflaba un segundo aire en su ya endogámico repertorio genético. Pero después vinieron un par de títulos basura que no fui capaz de terminar, seguidos de Montevideo (2022), manteada con bombo y platillo por la crítica, cuyas páginas me expulsaron desde el primer capítulo.

Pensaba que eso mismo me iba a pasar con Canon de cámara oscura.

Las primeras páginas parecen escritas por un tallerista desaliñado que se estrena en la ciencia-ficción juvenil. Después la novela despega, aunque sea para decepcionar en el balance final. Pero al menos te permite llegar al final. 

Es como si ahora hubiera que cruzar cierto umbral en la lectura para que la ironía vilamatiana (a menudo, humor simplón y gags metaficcionales de brocha gorda) empiece a calentar motores. 

Eso antes no pasaba.

El argumento de Canon… es escuálido. Vidal Escabia, que puede ser o no ser un androide, pena por la muerte de su mujer, la suicida Aiko, y por estar lejos de su hija, Ryo, que vive Suiza con un novio terraplanista y adicto al fentanilo.

Aquí el electroencefalograma plano de Vila-Matas es predecible y es el siguiente:

El tema de los androides remite a Blade Runner, pero esa estética es demasiado vintage. Vintage-Matas. La imaginería ciberpunk se actualiza o se transgeneriza, sobre todo, a través del fenómeno anime. Con lo cual ya estamos en el Japón hembra, en la feminologíajaponesa.

El link Japón redirige al bosque de los suicidas, tan folklórico como trending topic. Y, si hay que meter droga, no puede ser otra que el fentanilo, la plaga que seguramente ocupaba infinidad de titulares grotescos por los tiempos en que Vintage-Matas escribía la novela. Igual que la moda del terraplanismo. Había que usarlo todo.

Por lo demás, Vidal Escabia ha sido secretario, discípulo, compañero de borracheras y finalmente heredero de un tal Altobelli, un escritor apodado “el fracasista”.

Ante semejante apodo, a estas alturas, la reacción del lector ya curado de espantos fracasológicos es un emoji y dos monosílabos: jaja.

Leemos:

“Pienso que Altobelli (también conocido como el fracasista) fue el escritor con más talento (o coraje, da igual) de su generación, la de los nietos de aquellos ‘héroes forjados en tantas batallas, hoy llorando por los rincones de las tabernas’, de los que hablara Juan Marsé en Un día volveré”.

La cita tiene un reflujo inequívoco de Roberto Bolaño, otro que siempre vuelve. 

La herencia que Altobelli le ha legado a Escabia es una “potente biblioteca”, con la que este se propone confeccionar un canon “intempestivo, desplazado e inactual”.

Aquí habría otro reflujo, esta vez de Piglia. Pero un Piglia Princeton totally tempestivo y ya desplazado e inactual, en el peor de los sentidos.  Es decir, en el sentido no intempestivo sino impotente, inocuo y pueril de la inactualidad y el desplazamiento. En el sentido más añejo. 

Igual que añejo es el bolañismo del personaje y su generación, que es el bolañismo nostálgico del creador del personaje empaquetador de la cita de Juan Marsé, que es el primero en un listado de referencias literarias: la tapicería de citas que —¡una vez más!— constituye el esqueleto del relato.

El supuesto androide, su amiga Violet, el escritor “fracasista”, el amor de las japonesas madre e hija distante, hija y recuerdo suicida, no son más que props en el espectáculo vilamatiano. Props improvisados, que apenas disimulan la impro y cuya única función es sostener con pinzas el tapiz multirreferencial para que este pueda desplegarse, más sentencioso que sedicioso, a lo largo de doscientos y pico de páginas.

Postales y muñequitos de estantería, la excusa de la biblioteca.

Detrás de Marsé, aparecen (hay una secuencia, lógicamente, pero aquí he alterado el orden, justamente para poner cierto orden en el fetichismo):

  • El Golem, de Gustav Meyrink (¿cómo no invocarlo, si hay miedo de androides de por medio?).
  • Metamorfosis, de Ovidio.
  • Rayuela, de Julio Cortázar.
  • El hombre sin atributos, de Robert Musil.
  • Tristram Shandy, de Laurence Sterne.
  • El mago de Viena, de Sergio Pitol.
  • El zafarrancho aquel de via Merulana, de Carlo Emilio Gadda.
  • Carta de Lord Chandos, de Hofmannsthal.
  • La cripta de los capuchinos, de Joseph Roth.
  • El mundo de ayer, de Stefan Zweig.
  • Jakob von Gunten, de Robert Walser.
  • Redburn, de Herman Melville.
  • Ensayos, de Michel de Montaigne.
  • Ensayo sobre el cansancio, de Peter Handke.
  • Mis dos mundos, de Sergio Chejfec.
  • “El Horla”, de Maupassant, y Maupassant y el otro, de Alberto Savinio.
  • “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne.
  • Auto de fe, de Elias Canetti (la historia de una atracción desaforada por los libros).
  • El arte del saber ligero, de Xavier Nueno (la ligereza a la que siempre aspira Vila-Matas; la que alguna vez conquistó, con la que hizo escuela y la que ahora regurgita: como una dentadura postiza intempestiva, desplazada e inactual que no sabe dónde poner, cómo recolocar, luego de la mueca).

Y por supuesto, súmense, de uno en fondo y avanzando que hay espacio atrás:

  • Italo Calvino (faltaría más).
  • Roberto Bolaño (por supuesto).
  • Georges Perec (porque, si está Bolaño, él tiene que estar).
  • Leopoldo María Panero (idem).
  • Kafka (siempre).
  • Borges (no hay biblioteca sin él), de cuya mano vienen:
  • Dante.
  • Cervantes.
  • Lope de Vega.
  • Quevedo.
  • Paul Valéry.
  • Robert Louis Stevenson.

Y también, cómo no, apártense:

  • Samuel Beckett.
  • Scott Fitzgerald.
  • Maurice Blanchot.
  • Roland Barthes.
  • César Vallejo.
  • Julio Ramón Ribeyro.
  • Gonçalo M. Tavares.
  • Roberto Calasso.
  • Cesare Pavese.
  • Rainer Maria Rilke.
  • Guido Ceronetti.
  • Juan Benet.
  • Wallace Stevens.
  • Pierre Michon.
  • Anne Carson
  • María Zambrano.
  • Ludwig Wittgenstein.

El narrador de Vila-Matas siente envidia sana (pussy envy o, directamente, envidia humana) de Kate, la narradora de La amante de Wittgenstein, de David Markson, quien, “dueña de una libertad total” —dice—, “se sirve de lo almacenado en su cabeza para escribir con la alegre conciencia de quien cree ser la última en hablar”.

Markson es la sombra última. 

Pero, ¿sombra de qué?

Leemos:

“En mi Canon desplazado, uno necesariamente se interroga por la errancia, la dispersión, la diáspora, lo relegado, todo aquello que nos muestra en silencio lo poco que queda del mundo. Y de la literatura”.

Claves que parecen anhelar cierto retorno a las maniobras micro de Historia abreviada de la literatura portátil. Tengo la impresión de que la cubierta de Seix Barral para Canon de cámara oscura —el femmefatalismo (¿una Kate vintage, la marksoniana con pistolas de cine mudo?) de los Roaring Twenties como coronación de una Belle Époque de la metaliteratura— así lo sugiere, o al menos lo intenta.

Sin embargo, la retahíla de nombres listados arriba no nos habla de ningún canon desplazado o relegado, sino de canon a secas.

Canon con flash, nada de cámara oscura.

Ni errancia, ni dispersión, ni diáspora: puro centro. 

Metrópolis de las cátedras, imperio del índice onomástico.

Centro, por otra parte, en el que desde hace décadas está instalado Enrique Vila-Matas: prestigio académico, editorial, curricular… En fin.

¿Lo poco que queda del mundo, y de la literatura? 

¡Si ahí está todo ya! ¡Si tú lo tienes todo!

Leemos:

“Acabo de recordar un texto sobre la bibliomancia, esa práctica adivinatoria de la que, como tantas cosas que no sé, nada sabía yo y que, por lo visto, fue popular en la Edad Media. Consistía en abrir un libro (entonces un códice) por una página al azar e interpretar el párrafo adaptándolo a las circunstancias del momento”.

Esa es la práctica que Vila-Matas ha estandarizado y con la que ya no adivina nada nuevo. Hubiera sido mejor abrir al azar otros códices. 

Códices más actuales y, por eso mismo, quizás, más “inactuales”. Autores menos comfort-zone, más fuera del consenso o en plena actividad (y que, por lo tanto, te pueden hacer quedar mal). Jugártela con otra Edad Media y con generaciones cuya herencia está aún en disputa y cuya biblioteca está aún en proceso de construcción o demolición.

Por ejemplo, Canon de cámara oscura también cita títulos de Karel Čapek, Mark Haber, María Negroni, Sònia Hernández, Camila Cañeque, Esteban Feune, Kim Nguyen, Eloy Fernández Porta, Valeria Luiselli, Cristóbal Serra… Pero esos nombres quedan apenas como periferia de canon. No roban cámara.

¿Por qué no volverlos centro? 

¿Por qué no oscurecer el lente partir de esos encuadres?

Es como si a Vidal Escabia, que se define como “un simple pasador de fragmentos seleccionados de libros destinados a un Canon fuera de lugar, un Canon como de reserva india”, en el fondo no le apeteciera el contacto con los indios. Aunque pase cerquita de ahí. 

Aunque el impulso lo conduzca hasta la frontera.

La mejor reserva es la de los vinos bien catados.

Leemos (con el mismo retintín):

“Un amigo acaba de decirme en una carta que para ser realmente contemporáneo hay que ser ligeramente inactual”.

Si le hacemos caso al amigo de Vidal Escabia, se concluye que Vila-Matas ha dejado de ser realmente contemporáneo. Intuyo, no obstante, que el escritor se va haciendo consciente de ello, hasta el punto de que en este libro convierte en materia prima sus falencias, su autoengaño, sus limitaciones. 

La mata que antes ficcionaba placenteramente ahora se mineraliza y juega a mostrarse como producto de serie: es la ambivalencia del androide que no tiene del todo claro quién es. “Eres uno de ellos, ¿no?”.

La pregunta, entonces, rebota y salpica a todo escritor que lea este libro. Porque Vintage-Vidal-Escabia (y con él, Vila-Matas) termina cuestionando propia su voz narrativa: 

“Y esto es algo que sigue ocurriendo ahora mismo y que me lleva a preguntarme si no seré yo, el narrador, la voz ocupante de la voz del autor, del Auctor (entendiendo como tal a aquel que, al escribir, se dedica a augere, a aumentar, a agrandar, a multiplicar…)”.

A esa voz ocupante la llama también “el narrador refugiado”. La ambivalencia de ese androide refugiado es, entonces, la pregunta por la artificialidad de un narrador que a muchos les puede parecer “natural”.

¿No conecta esto con el actual debate sobre el uso de la IA en la escritura?

Quizás la pregunta interesante no es si emplear o no la IA, o la pertinencia de sus resultados sobre la página, según qué páginas, sino hasta qué punto una voz narrativa, un lenguaje que se pretende “natural”, ya es IA sin la IA: la inteligencia literaria apartada en favor del modelo, el page-turning pajillero, el consenso de cierta voz ocupante que no preocupa a nadie.

¿Es posible que, sin echar mano de la IA, muchos autores “literarios” estén escribiendo a lo token, como si ellos mismos fueran sus propios modelos de lenguaje? ¿Eres uno de ellos?

“¿En qué momento te sentiste escritor?”, le pregunta también Violet al protagonista, con cursivas de Vila-Matas y a punto de parecer ella más androide que el androide. 

Y dice el narrador:

“Habría sido mejor no contestar, porque el resultado final no ha podido ser más catastrófico. Me he dejado llevar por mi iluso afán de exhibir, como mínimo, el nivel que seguro alcanzaba Altobelli. Y eso me ha convertido en un pobre principiante que ha aireado una larga sarta de obtusas teorías: todas más propias de un ChatGPT idiota de primera generación que de alguien que, como yo, ha sido capaz de escribir una primera novela de la que, a pesar de sus escasos logros, se siente relativamente orgulloso porque, a fin de cuentas, por algo hay que empezar”.

La ópera prima de Vidal Escabia se titula Lo indecible. Así se nos presenta:

“Tenía Lo indecible posiblemente la gracia de no hablar de nada, pero ser —lo cual no era poco— una máquina hecha de palabras que no solo evocaba la experiencia de no haber vivido nada, sino que convocaba esa experiencia, e incluso la llevaba a la práctica, visibilizando que lo indecible no era más que la pura nada”.

Ok, está escrito como un horror, pero por algo hay que empezar.

Sobre todo: empezar a darte cuenta de que otra máquina es posible, más allá de esa nada que es puro discurso y, por lo tanto, pura derrota.

Canon de cámara oscura funciona, si acaso, como una buena primera novela. Hay una ciencia-ficción que teoriza y una ciencia-ficción que promete.

Further research is needed.