Ya en Cuba no se está ni bien ni mal: se está (o no) en apagón.
Eso responden casi siempre mis padres cuando les pregunto por WhatsApp cómo están. Y, seguido, me dicen la cantidad de horas exactas que llevan en apagón.
Ambos viven en La Habana. Mi madre, en el municipio Playa. Mi padre, en Plaza de Revolución. Son zonas “buenas” dentro de otra zona “buena”, La Habana, que es la menos sufrida de las provincias de la Isla. El problema es que el referente de lo “malo” es cada vez más malo.
Se supone que la gente debe alegrarse por pasar 22 horas consecutivas de apagón, y no 48 o 72, como tantos barrios o municipios en el país. Hay que agradecer el hecho de disponer de dos o tres horas de electricidad al día. ¿Qué decir de una noche entera?
Hace poco mi madre tuvo una noche entera de electricidad y me lo contó como si se hubiera sacado una rifa. Había podido dormir de corrido hasta el amanecer: qué lujo. Lo mismo con el agua.
Si de pronto se te ocurre compartir en redes sociales tu desesperación por llevar una semana sin recibir agua en la cisterna de tu edificio, te aseguro que van a aparecer tres o cuatro personas para acompañarte en el sentimiento e intentar consolarte diciendo que llevan dos, tres, cuatro semanas. No lo hacen con mala intención; más bien es para darte ánimo, hacerte saber que es posible sobrevivir en circunstancias incluso peores que las tuyas.
Mi padre a veces se queja cuando el apagón supera las 20 horas. Entonces empieza a pensar en la comida en su refrigerador. ¿Aguantará o no aguantará la carne? ¿Será mucha la sangre a limpiar cuando venga la corriente? Pero la queja le dura poco. Reflexiona y me dice que se siente dichoso, porque al menos él tiene comida de la que preocuparse.
Comer cuando hay hambre, tomar agua fría, dormir toda la noche, bañarse a diario, descargar el inodoro, mirar televisión: eso es la felicidad para mucha gente en la Cuba de 2026. Una serie de actividades mundanas en las que nadie debería detenerse a pensar, pero que en Cuba demandan grandes esfuerzos y por ello se celebra su logro en la misma medida.
Ya cuando ponen la electricidad, mi madre y mi padrastro prefieren quedarse en casa: hay que aprovechar. La electricidad es un acontecimiento, una fiesta, una bendición. Cada hora que pasa la casa electrificada es una hora que te permite sentir nuevamente lo que la vida solía ser o debería ser. Les reconecta con la normalidad o lo que sea que haya podido ser la normalidad en Cuba bajo el comunismo castrista, que siempre ha sido una normalidad muy particular.
También los días han dejado de tener 24 horas. Se duerme no en la noche, sino cuando se puede. Se lava cuando se puede. Se cocina y se come cuando se puede. Se trabaja cuando se puede. Se accede a internet y se habla con la familia en el extranjero cuando se puede. Es decir, que se vive cuando se puede. Y se puede cuando hay electricidad.
Los días duran las horas que dura la electricidad en el bloque o circuito residencial al cual perteneces. Hay días de una, dos o tres horas. Días que incluso no existen, que se pierden en un apagón, en la espera de la llegada de la luz. La estructura del tiempo moderno colapsó en Cuba. Y no necesariamente por que hayamos subvertido el ciclo de producción y consumo capitalista. No se produce, ni se consume. Y listo. Quienes producen salen en noticias y sus producciones son presentadas como hazañas.
No se abolió el dinero, pero estamos a nada de abolir los salarios. Ya podríamos decir que se abolieron. Muchos africanos esclavizados en el siglo XIX comieron mejor que lo que comen ahora muchos viejos que trabajaron toda su vida. Los trabajadores de hoy llegaron a viejos y ya no sirven: no dan hijos ni tienen fuerza para trabajar. Se les paga cuatro, cinco, diez dólares, para que no digan luego que no se les paga algo. Que no puedan comer ni dos días con eso es otra historia.
Tampoco los jóvenes sirven si no es para importarlos al capitalismo y ponerles a mantener a los viejos que quedan en Cuba. Si no fuera por esos jóvenes, los basureros estarían abarrotados de viejos comiendo desechos. ¿Qué pensarían los turistas que nos visiten si ven una escena semejante?
El principal problema con el colapso de la estructura del tiempo viene cuando sacas la cuenta de que el tiempo es vida, o que la vida es tiempo, y llegas a la conclusión de que, en términos cuantitativos, en Cuba se está viviendo muy poco. (Quizás hay cuentas que no deberíamos sacar.)
Aquí conviene echar mano de la filosofía o la religión y preguntarnos qué es la vida y contestarnos que somos mucho más que tiempo y materia y que hay un cielo benévolo para los cuerpos oprimidos en la tierra. Lo otro es enloquecer o enfermar de los nervios y en Cuba es complicado encontrar las pastillas para tratamientos psiquiátricos. En Cuba todo es complicado.
Entonces tus padres aprenden a administrar la cuota diaria de disgustos que pueden permitirse por cada apagón. Apenas la necesaria para no saturarse de demasiadas emociones y preservar la cordura. Sin extralimitarse. Hay que tener mucho cuidado con no caer en un hospital, porque los hospitales suelen convertirse en fuentes de multiplicación de disgustos y agravamiento de enfermedades. La meta, al igual que en los reality shows de supervivencia que se filman en islas en medio de la nada, es permanecer con vida en condiciones extremas. A diferencia de esos reality shows, no hay un premio en metálico para el ganador.
Desde 1959, nuestro reality show lo están ganando los mismos que tomaron el poder por las armas. Y ya nos han dicho que, si queremos algo de ese poder, tenemos que hacer lo mismo: tomar las armas, irnos a las montañas, asaltar cuarteles y hospitales, y sacarlos a tiros. Eso han dicho y siguen diciendo.
Tampoco en este reality nos sostiene la garantía de rescate de un helicóptero en caso de emergencia. No hay un botón que apretar para decir que no quieres jugar más, que te rindes. Nada de eso. Hay que dar hasta la última gota de sangre, o el último aliento de vida, para ayudar a legitimar el poder que mantienen con las armas quienes por las armas lo tomaron.
A fin de cuentas, necesitan un pueblo sobre cuyas espaldas pararse para hablar al mundo y decir que son un país verdadero. Da igual si somos un pueblo muerto de hambre y reprimido. A pisotearnos, le llaman “ser un modelo distinto”. La gracia de ser tirano es tener a quien tiranizar.
En Cuba vivimos una hora de electricidad a la vez. Y yo no vivo en Cuba, pero sí vivo en Cuba porque mis padres viven en Cuba. Y lo que nos sostiene es la esperanza de que en algún momento las cosas cambien y los días vuelvan a tener 24 horas y se pueda volver a vivir a tiempo completo.
Nadie sabe cómo van a cambiar las cosas, ni cuánto falta para que cambien. Es decir, para que se caiga la dictadura, pero hay esperanza. ¿De qué otra forma se puede sobrevivir a esa realidad?
Quizás el cinismo sirva a quienes no dependen de ese cambio para volver de visita, salir de una prisión política o abrazar a la familia. Pero a muchos no nos queda otra alternativa que asumir el riesgo de la desilusión. O de que la muerte nos alcance antes que el cambio.

Diario de la invasión (VI)
Fueron sus subordinados más fieles los que recibieron la orden de eliminar a Ramiro Valdés. Con la complicidad de su propia familia.









