Me hace falta un perro. En mi barrio hay muchos perros. La gente los saca a pasear al final de la tarde del horario de verano. Hay varios terrenos y parques amplísimos para perros de distintos tamaños, donde los dueños de perros se juntan con otros dueños de perros para que sus perros se conozcan y jueguen. De paso, los dueños aprovechan y entablan conversaciones insustanciales. Los miro de lejos y siento que forman parte de una comunidad a la que quiero pertenecer.
También caminan por el paseo de la bahía de Biscayne, siempre atados. Los perros se ladran y sus dueños sonríen. Los barcos entran y salen despacio y yo leo un libro de cuentos en un banco de piedra que comparto con un dueño de perro que también lee. Su perro se llama George y es caro. Creo que es uno de esos perros de diseñador, quizás un goldendoodle, alto, delgado y con rizos color champaña, que por supuesto está entrenado y se sienta ante la orden de sit.
El dueño de George tiene acento de italiano mafioso en película hollywoodense de los noventa, bigote rubio tupido, una gorra roja gastada, medias blancas altas con zapatillas deportivas. Me hace pensar en el protagonista de El guardián entre el centeno de Salinger. No solo por su gorra, sino también porque lo imagino en su adolescencia completamente enajenado, vagando por una ciudad, muy inconforme, pero con demasiada información como para quejarse de su suerte.
Easy, George, relax. I know you can have it for lunch, le dice a su perro cuando pasa otro perro ladrando, muy bravo, que no levanta los 30 centímetros del suelo.
Yo me río y él se da cuenta y también se ríe. Seguimos leyendo sobre las ocho de la noche, con lo poco que queda de luz solar y las bombillas de la bahía que ya han sido encendidas.
Pienso que es una pena que mi edificio no permita mascotas. Tiene sentido, o quizás no, pero el caso es que Coconut Grove es un barrio con muchos perros, donde de pronto puedes sentir que hay algo mal contigo por no tener el tuyo. Es un anacronismo tremendo que mi landlord los prohíba. Quizás lo hace para evitar conflictos entre vecinos, peleas entre perros o ladridos inoportunos.
Las paredes son muy frágiles, en la mayoría no hace falta taladro para colgar un cuadro. Basta con un clavo y un martillo. Las noches en que mi vecino ronca, que son pocas, yo le escucho. Gimiendo nunca lo he escuchado. No le conozco pareja, pero imagino que al menos se masturbe.
Me pregunto si a mí me habrá escuchado alguna vez, si sabe que yo puedo escucharle, pero por pudor ninguno de los dos dice algo al respecto. Compartimos nuestra intimidad con discreción. Nos saludamos cordialmente en el pasillo cuando coincidimos, pero no conversamos. Ni siquiera conozco su nombre. A los dos nos haría bien adoptar un perro.
Pocas cosas logran remediar un mal día tan inmediatamente como el recibimiento de un perro de vuelta a casa. Un perro siempre va a estar genuinamente feliz de verte llegar. Te va a estar esperando detrás de la puerta y, tan pronto la abras, te suplicará que acaricies su cabeza y le permitas escuchar tu voz. Y en esos segundos vas a sentir que todo estará bien, que la vida es hermosa y merece que sostengas la fe. No hay animal que ame más incondicionalmente.
Yo siempre he querido uno grande, torpe e inteligente; un labrador o un golden retriever. Pero en un apartamento de una habitación no podría mantener un perro así, sería un acto de egoísmo tremendo. Ese perro sucederá cuando suceda la casa con jardín y patio con que sueño, para que pueda correr, sudar y restregarse en la tierra acabado de bañar.
Quizás la gente no tiene perros, sino pretextos para aproximarse; tácticas para combatir la soledad. Estamos muy solos, cada vez más solos, y no sabemos cómo sortear las distancias de la vida posmoderna. A diferencia de los perros, nosotros no podemos andar olfateando a otras personas en medio de cualquier parte. Tampoco yo quisiera que se pudiera, pero deberíamos contar con un ritual similar.
En mi barrio, por ejemplo, la gente se saluda cuando se cruza en el camino. Nos sonreímos muy tenuemente, ladeamos la cabeza, decimos hi sin alzar la voz. La mayoría es gringa y blanca. En mi barrio prevalece una clase a la que yo no pertenezco, pero al mismo tiempo quedan edificios con rentas que han sobrevivido a la gentrificación, no admiten perros y pueden pagar inmigrantes como yo.
La otra opción es un hijo. Hasta ahora, en mi edificio no están prohibidos. Lo malo es que te salen más caros que un perro de diseñador y dependes de otra persona para producir uno. Por tu cuenta, de manera independiente, puede costar desde 500 hasta 5000 dólares —eso dice Google cuando le pregunto sobre tratamientos en clínicas de Miami—, aunque los gastos mayores comienzan una vez que te ponen el producto en los brazos.
Quiero cuidar algo vivo que no sean mis orquídeas y olvidarme un poco de mí. Ya sé que no es lo mismo un perro que un humano, pero mis razones para ser madre o adoptar un perro son más o menos las mismas.
Toda la vida te preparas —o te preparan— para cuidar de otros y cuando no tienes a quién cuidar sientes que te falta algo. Un eje, quizás.
Cuido en la distancia de mis padres. Cuido de gente que no conozco. Cuido de mi país. Cuido formidablemente bien de mí. Cuido de mis amistades. Cuido de un hogar rentado y de otro en La Habana que espera el retorno. Pero no basta.
Una quiere volverse necesaria todos los días. Es decir, tener cerca una familia y sentir que llegas a la última parada de tu exilio.
Sí, me hace falta un perro. O volver a mudarme.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn











