La revolución sin nosotros: respuesta al comentario de A. J. Ponte

Atiendo a la réplica de Antonio José Ponte a mis comentarios sobre su libro La revolución sin mí, aparecidos en esta misma página.

Primero, debo aclarar que el “nuestro/nuestra” (en el caso de “nuestro campo de exterminio” y “nuestra cámara de gas”) significa “de nuestra cosecha”, noción que los italianos expresan con el adjetivo “nostrano” y que adquirí últimamente en los mercados de víveres lombardos.

Segundo, debo señalar que lo que Ponte llama “el régimen”, en contraposición a lo supuestamente “no-regimentado”, carece de una existencia separada del “nosotros”. Es allí, según creo, donde comienza y termina el tema de nuestro debate: un problema de outsourcing semántico e histórico.

Un “régimen” que pudiera ser “lo otro” e incluso “los otros”, sin considerar el nosotros, es patentemente una falacia. De seguir por ese camino llegaríamos al “ellos”, un objeto pronominal carente de sustancia y común a cualquier ideología. Desde la perspectiva de Ponte, “el régimen” encarna el “ello” y no el “nosotros”. Una manera de facilitar las cosas que solo puede conducir a simplificaciones.

Cabría preguntarse: ¿el ello que subsume al “régimen” lo es en oposición a qué o a quiénes? ¿A los gusanos, los contrarrevolucionarios, los indiferentes? Si fuera del “régimen” revolucionario no puede adjudicarse responsabilidad, entonces “nosotros” seríamos la nada. La revolución, por tercero excluido, vendría a ser creatio ex nihilo y “nosotros” el cero a la izquierda. Afirmo que esta hipótesis carece de fundamento y que el pronombre “nuestro” terminará por ser reinstaurado, en algún momento, en su posición primada.

La revolución y sus males son la creación de una cultura y no de un “régimen” abstracto: Jorge Mañach y Miguel Ángel Quevedo, Felipe Pazos y los hermanos Chibás, Nati Revuelta y Consuelito Vidal, Rosita Fornés y Cristina López-Calleja Hiort-Lorenzen, René de la Nuez, Raúl Martínez, Titón y Mirtha, nuestro Guillermito Cabrera Infante, Elián González y Pastorita Núñez. 

Mi padre, mi hermana y mis tías, fueron, en algún momento, “el régimen”. ¡Sabrá Dios cuántos de “nosotros” cabrían en ese corralito abstracto!

Muchos de ellos viven hoy instalados en Miami Beach, Barcelona, New Jersey y Madrid, entre otras localidades de la diáspora. Si el punto de llegada de un Boeing o de una balsa es el locus amoenus donde se obtiene carta de ciudadanía, ello no significa ni remotamente que haya intervenido el libre albedrío.

En nuestro caso, se trata, sencillamente, de una “expulsión”, no de un agregado pasivo de trashumantes naturalizados: Cuba tiene una diáspora, con todos los crímenes políticos y desastres demográficos asociados a tal ocurrencia.

Etimológicamente, el vocablo exterminio expresa la expulsión del ciudadano más allá de los “términos” de la polis. Extermino significa ser echado fuera del país o de la existencia misma; en sentido lato, la pérdida del suelo patrio: un desterrado es un exterminado, aunque tenga tres pasaportes. De hecho, la exclusión de la persona y la obra del escritor Antonio José Ponte representa, para “nuestra” cultura, un caso trágico de exterminio.

Que Ponte evite presentarlo como tal responde a la modalidad de externalización practicada por cierto grupo o generación de intelectuales cubanos, al que le encajaría el nombre de ajmatovistas. En el pasaje del libro en preparación, publicado en Diario de Cuba, Antonio José Ponte practica el ajmatovismo y vuelve a valerse de fuentes exóticas —Anne Applebaum y Rudolf Diels, que en otros practicantes podrían ser Mandelstam, Marina Tsvetáieva y Brodsky— antes de dar razón de su propio entorno.

Muy pocos conocen hoy la vivencia de un país convertido íntegramente en tugurio, colonia penitenciaria y campo nacional de exterminio. La duración del castrismo cuenta como condena a muerte (Auschwitz y Treblinka duraron dos años), por lo que citar en nuestra presente circunstancia a un teniente de la Gestapo me parece extravagante.

Es ahí donde entra en juego el cambio de paradigmas que reclamo para nuestros mares y nuestras balsas, que Ponte trata como si fuera una afocancia: “Néstor Díaz de Villegas reconoce que la mayor parte de los presos políticos con los que coincidió en las cárceles cubanas era ‘gente que había intentado salir ilegalmente de Cuba’. Siendo así, debería preguntarse por qué un poder que se sirve del mar como exterminador impediría entrar en él a tantos desafectos”.

El régimen no se sirve del mar: el océano está allí como un reservista que dispara con cañones de agua a los que huyen. Los participantes en el juego del calamar son perseguidos, embestidos y hundidos y, en caso de escape, abandonados a su suerte. Sin ningún tipo de socorro oficial, intervención humanitaria, ni patrullas de Hermanos al Rescate.

No olvidar que, por simple transferencia migratoria y sin contar las muertes por agua, la población cubana se redujo en un 13% en el período que va de 2021 a 2024, lo cual se traduce, según mi cuenta, en 1,46 millones de ex-terminados merced a un convenio con el gobierno demócrata estadounidense. Entre los refugiados había un contingente de funcionarios del “régimen” —fiscales, policías y gendarmes de los campos— ¡que pasaron a ser parte de “nosotros”!

Y claro que la balsa no es una cámara de gas en el sentido nazi, porque esta última es una pieza de museo y el sistema que la implementó, un cachivache forense. Mientras que nuestro “régimen” es una forma de nacionalsocialismo vivíparo y recalcitrante, con un cementerio particular casi centenario, donde nadie se ocupa de empadronar a los muertos. Ponte admite no saber cuántos han sido barridos debajo de la alfombra; yo me aventuro a decir un millón, sin que me quede nada por dentro.

Ningún balsero fue asfixiado con Zyklon B, sino con esa sustancia que Jean-Paul Sartre llamó ouragan sur le sucre: el huracán en un vaso de agua con azúcar que ha sido siempre la revolución cubana.

La imposibilidad misma de computar las pérdidas en un medio inestable y edulcorado, y la admiración universal que este produce entre quienes son ajenos a “nosotros”, añaden una forma de crueldad que el terror nazi nunca conoció.






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Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)

Por Antonio José Ponte

De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.






Ponte dentro del campo de exterminio

Por Néstor Díaz De Villegas

El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.

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