El camino de los inmortales: palabras y poder en Cuba

Este ensayo nace de los días anteriores al 11J, cuando todavía no había ocurrido el levantamiento, pero ya se percibía que algo se había quebrado de manera irreversible. Al reflexionar sobre los acontecimientos recientes y los últimos discursos de Miguel Díaz-Canel, he vuelto a mis publicaciones de junio y julio de 2021 en Facebook. Al releerlas, compruebo que, cinco años después, el presidente con minúsculas parece responderme.

El 11 de julio de 2021 fue uno de los parteaguas más significativos de la historia cubana posterior a 1959. Una parte del país comenzó a hablar públicamente de manera diferente y desafió frontalmente al miedo de años. Al día siguiente, mientras se repetía una frase ofensiva contra Díaz-Canel, propuse cambiarla por otra que no fuera únicamente una descarga de indignación. Escribí varias veces “DC, ¡RENUNCIA!”. “Cambiemos la palabra ofensiva por una que pida acción: DC, ¡RENUNCIA!”, escribí.

Tres días después lo llamé por primera vez “presidente con minúsculas”. En mi diatriba, le espeté que había cometido el error político más grave de un gobernante: enfrentar a su propio pueblo con la violencia desmedida de las fuerzas del Estado y la movilización de unos cubanos contra otros. También había mentido deliberadamente con la tergiversación y ocultamiento de las imágenes terribles de aquellos días y la clasificación de quienes protestaban como delincuentes, vándalos, mercenarios o confundidos.

El 18 de julio volví a interpelarlo. Díaz-Canel se proclamaba heredero de la Revolución. Le recordé que quienes habían salido a las calles eran hijos de la Revolución. Habían nacido y crecido dentro de ella. Lo que poseían, lo que les faltaba y aquello contra lo cual se rebelaban era también producto de la Revolución.

Le dije que la pobreza extrema, el deterioro de los barrios, las edificaciones derruidas y la represión militar no eran más que un retorno a todo aquello que el relato revolucionario decía haber dejado atrás al presentarse como ruptura radical con un pasado injusto.

Días después busqué definiciones de fascismo, totalitarismo y dictadura. Necesitaba pasar del espanto y la indignación a organizar el pensamiento. Quería comprobar en el curso de la historia viva lo que alguna vez había estudiado como teoría filosófica. Desde entonces, algunas preguntas han reaparecido, con distintos matices, en ensayos y entrevistas que he publicado en varios medios.

Cinco años más tarde, durante una entrevista con NBC News, a Díaz-Canel le preguntaron sobre la posibilidad de dimitir. La entrevista se produjo dentro de un contexto de presión estadounidense y él respondió invocando la soberanía del país y rechazando que Washington pudiera decidir quién gobierna Cuba. “Renunciar no forma parte de nuestro vocabulario”, afirmó.

Con esas palabras respondió involuntariamente, en 2026, a lo que yo había escrito el 12 de julio de 2021. Él declaraba, cinco años después, que ese verbo no pertenecía a su lenguaje político.

En Cuba existen términos para la dificultad, la demora, la coyuntura, la amenaza exterior, la resistencia, la continuidad, el perfeccionamiento, la actualización. Sin embargo, quienes detentan el poder se arrogan el derecho de excluir del vocabulario político legítimo una palabra de la lengua española. 

En el contexto cubano, borrar el verbo no es la simple eliminación de un término; reduce el repertorio moral y político de lo que se puede hacer y, en este caso, suprime la posibilidad de cambio del orden establecido.

Durante muchos años se repitió en escuelas y actos la frase: “Los hombres mueren, el Partido es inmortal”. Una institución puede aspirar legítimamente a durar más que sus fundadores. Las leyes, las universidades, las repúblicas y las comunidades culturales sobreviven a quienes las crean precisamente porque se transforman y se desarrollan. Pero toda institución es una creación humana. Cuando se convierte en una abstracción colocada por encima de los hombres se invierte la relación moral que justifica su existencia. 

Revolución y Partido terminaron semánticamente mimetizados. La palabra revolución implica en su significado básico la idea de cambio profundo y transformación, algo que altera el orden precedente. La retórica de los primeros años no presentó a la Revolución como una forma inmóvil; la asociaba con la novedad, la acción y la transformación de la realidad. Sin embargo, su uso político fue modificándose hasta designar la permanencia de algo abstracto. 

A la inversión semántica se suma la personificación de la abstracción. Todo se pide en nombre del Partido y de la Revolución, como si fueran entidades vivas cuya conservación constituye el bien supremo. Las vidas de los hombres son las que deben sacrificarse para mantener la envoltura abstracta de un concepto que se ha ido vaciando de significado.

En estos años he regresado varias veces al cuento de Borges “El inmortal”. Allí la inmortalidad pierde la significación ideal que le concede la imaginación humana. Las acciones no son relevantes en una vida sin fin. Si el tiempo es infinito, todas las experiencias pueden repetirse o postergarse, todo puede ser realizado en algún momento y ninguna decisión conserva para siempre su carácter definitivo. La muerte, que a los ojos humanos parece la mayor desgracia, se convierte en el cuento en una quimera muy deseada por algunos.

Los inmortales de Borges no muestran una forma superior de civilización. Son trogloditas. Viven una existencia elemental, habitan cuevas y apenas tienen lenguaje. Uno de ellos es Homero. El poeta que había dado forma perdurable a la memoria de los hombres aparece reducido a una criatura casi muda, triste, fatigada por una vida tan prolongada que debe remontarse a siglos para encontrar algún recuerdo y ya no encuentra razón para sí misma.

Desde hace tiempo veo al pueblo cubano aproximándose, por imposición, a la condición metafórica de esos trogloditas. El gobierno empeñado en sobrevivir indefinidamente ha confinado la vida de las personas a formas rupestres de existencia: conseguir alimentos, cocinar con recursos cada vez más primitivos, soportar el calor, sobrevivir a la oscuridad con velas y hogueras, caminar para buscar agua, repetir cada día las mismas acciones. En el cuento de Borges, el protagonista busca el río que devuelve la mortalidad; en Cuba, la gente busca agua para extender un día más su existencia.

Esa inversión es una de las tragedias más hondas de la historia contemporánea cubana. Para la exangüe población cubana, sumida en el abatimiento y la entrega resignada al deterioro, la muerte podría ser menos cruel que la prolongación indefinida de la vida. Para el gobierno, sería la verificación fehaciente de la frase que ha marcado la vida cubana en las últimas siete décadas: “Patria o Muerte”.

En Borges, Homero no ha desaparecido, pero la inmortalidad lo ha vuelto irreconocible. Algo semejante ocurre en Cuba cuando la estructura conserva sus nombres, sus símbolos, sus escuelas, sus instituciones, hasta su retórica, mientras pierde lo que les daba sentido. Se usa la palabra pueblo y se ha disuelto la comunidad. La nación continúa existiendo en los discursos, mientras la diáspora está cada vez más dispersa por el mundo. Queda el casco, el carapacho, la arquitectura verbal e institucional con la función de contener un cuerpo que no está. 

“Cronos devorando hijos en lamento”, escribí en el último verso de mi poema “Patria”, en 2020. 

Cronos devora a sus hijos porque sabe que uno de ellos puede sustituirlo. El hijo encarna la pérdida de poder y la muerte del padre como figura soberana. Un poder que no acepta su propia mortalidad comienza a considerar enemigos a sus hijos cuando estos reclaman derechos y un tiempo nuevo.

La Revolución siempre devora a los descendientes que muestran alguna rebeldía. Los encarcela, los presiona, los silencia o los expulsa. No destruye solamente sus cuerpos o sus proyectos individuales, les arrebata el tiempo histórico que les corresponde. Eso hizo con quienes salieron a las calles en 2021 y tantas otras veces.

La historia del poder revolucionario cubano ofrece una secuencia reveladora de herederos promovidos como signos de renovación y después apartados, desacreditados o borrados cuando aparecen signos de pensamiento y voluntad propias o cuando resulta necesario concentrar las culpas en alguien. En ese momento, Cronos sacrifica brutalmente al heredero y lo devora.

El vocabulario político cubano es selectivo. La palabra resistencia cumple una función esencial. Resistir supone oponerse a una fuerza, soportarla sin ceder. Toda resistencia necesita un objeto, una presión contra la cual se ejerce. Una presión permanente sobre un cuerpo puede inmovilizarlo o deformarlo. En Cuba la obligación de vivir dentro de una resistencia sin término ha inmovilizado a la sociedad y ha deformado su vida.

El discurso oficial de Díaz-Canel ha intentado rejuvenecer el término mediante la fórmula “resistencia creativa”. El adjetivo promete iniciativa, imaginación, recursos propios y capacidad de producir soluciones. La población debe soportar las carencias, inventar, adaptarse, producir con menos, esperar, confiar y volver a empezar. Así, la creatividad de quienes sobreviven engrosa un relato heroico de “Patria o muerte”.

En el uso político cubano hay una operación semántica especialmente conveniente. El significado de renunciar se aproxima deliberadamente a rendirse. Renunciar a un cargo es aceptar el límite de la autoridad; rendirse ante una fuerza extranjera es ceder la soberanía. Al fundir ambos significados, la permanencia personal se presenta como defensa nacional y cualquier cuestionamiento a la resistencia puede ser considerado traición.

El 14 de julio de 2026 leí en Hypermedia Magazine el ensayo de Jorge Brioso sobre el tótem político de nuestro tiempo, a partir de Las troyanas, de Eurípides. “Es necio el mortal que destruye ciudades, si además deja en soledad templos y tumbas”, dice Eurípides. Escribí entonces otra vez en mi Facebook: “¿Para quién o para qué su resistencia? ¿Para que no haya nadie que pueda ni siquiera llevar luto?”

Una ciudad no se destruye cuando caen los edificios —que en Cuba se están cayendo poco a poco—. La destrucción se consuma cuando se rompen los vínculos con los muertos, se abandonan los lugares sagrados y desaparece la comunidad que puede ofrecer sepultura, memoria y duelo. Una tumba solitaria y rota, como se ven tantas en la Necrópolis de Colón, en La Habana, no es solo la ausencia del doliente que debía llorar allí; es la interrupción de la relación entre el pasado y el futuro, entre la pérdida individual y la memoria de la nación y su historia.

Yo misma pienso, con una mezcla de culpa y alivio, que ser huérfana me libra de saber a mis padres allí. No es un consuelo que haya elegido, pero hasta la muerte de quienes amamos es una desgarradora forma de protección.

En su ensayo, Brioso observa que en Las troyanas se sustituye la Musa de la épica, capaz de conservar la memoria colectiva, por la Musa del treno, el canto solitario que no consigue convertirse en coro. Las mujeres comparten la desgracia y, sin embargo, cada una permanece encerrada en una pérdida irreductible. “Siempre se grita solo”, escribe Brioso. 

El cuerpo se desmiembra, la voz pierde el cuerpo común que podría reunirla con otras voces y “el horizonte se ha disuelto”. Lo que comienza después de la destrucción en Troya no es un renacer, sino una muerte en vida, una existencia vaciada de anhelo, empeño y esperanza.

No quisiera reducir esta lectura a la afirmación de que el pueblo cubano es una víctima homogénea. No todos hemos sufrido de la misma manera, ni hemos respondido con idéntica responsabilidad. La resonancia de Las troyanas la encuentro en la idea de que Cuba se ha ido convirtiendo en una comunidad fragmentada en innumerables víctimas, cada una con su pérdida, su carencia, su espera; los sufrimientos de todas no consiguen reunirse en un cuerpo común capaz de protegerlas, representarlas y detener lo que las daña. La supervivencia obliga a cada familia a enfrentarlo todo de manera privada, según sus circunstancias. El país habla desde dentro y desde fuera, pero las voces permanecen separadas por distancias físicas, políticas, afectivas y por el miedo.

Los gobernantes en Cuba han aislado a quienes se rebelan y han sembrado divisiones entre los grupos que representan alguna forma de oposición para impedir que el sufrimiento de muchos constituya una voluntad compartida capaz de levantarse, defenderse y hacerse oír. Hay millones de personas padeciendo y, sin embargo, no existe un espacio común donde ese padecimiento adquiera fuerza política. 

Hay momentos en los que parece surgir una voz colectiva, como ocurrió el 11J, pero vuelve a dispersarse bajo la represión, el miedo, la vigilancia, el agotamiento, la emigración, el descrédito y las demandas urgentes de la vida diaria. Cuando cada persona grita sola, el poder puede caracterizar los gritos como casos aislados, delitos comunes, vandalismo, inconformidades individuales, consecuencias inevitables de la coyuntura o mercenarismo. Para el gobierno cubano, el coro sería muy peligroso porque convertiría el padecimiento disperso en una acusación colectiva y devolvería a las víctimas la posibilidad de definir aquello que las ha separado y lo que podría reunirlas. No hay coro. Sobrevive la población mientras se debilita la polis.

Aquí aparece la contradicción más profunda con la metáfora de la utopía utilizada recientemente por el presidente con minúsculas. Ante la pregunta sobre la posibilidad de que Cuba saliera de la crisis, Díaz-Canel recurrió a la conocida imagen atribuida a Fernando Birri y difundida por Eduardo Galeano. La utopía está en el horizonte, se aleja cuando avanzamos y sirve para seguir caminando…

La metáfora posee belleza y sentido cuando describe el carácter inacabado de aspiraciones humanas como el bienestar, la justicia, la libertad y la dignidad. En ese contexto, la utopía sirve para caminar porque el camino produce transformaciones esperanzadoras. 

La frase cambia de naturaleza cuando la pronuncia alguien que representa el gobierno de una sociedad obligada durante décadas a avanzar por un camino que ha conducido a las cuevas y al éxodo. No es que el horizonte se aleje; es que cada paso hacia la supuesta utopía se ha dado en dirección contraria. 

La marcha entonces se convierte en una finalidad en sí misma; el verbo caminar ahora connota obedecer, resistir, perseverar, no interrumpir la continuidad. No importa que la población esté más lejos del futuro prometido, porque la distancia se explica como una propiedad intrínseca de la utopía. ¿Hacia dónde se camina entonces y por qué hay que continuar? En el caso cubano, la condición inalcanzable de la utopía se ha convertido en coartada para justificar el resultado desastroso de la marcha.

Los números pertenecen también a la retórica “revolucionaria”. Las 176 medidas anunciadas recientemente existen como un conjunto aprobado de transformaciones. La falacia está en presentar la cifra como prueba de movimiento. Ciento setenta y seis anuncia cantidad, amplitud y dinamismo, pero no dice hacia dónde se avanza y no se sabe cuál será el alcance de sus efectos.

Tampoco responde por los años durante los cuales muchas de esas decisiones fueron retrasadas, impedidas o condenadas, ni por las vidas transcurridas bajo políticas ahora implícitamente reconocidas como insuficientes. El gobierno anuncia nuevas transformaciones, el pueblo debe resistir mientras llegan los resultados, la utopía vuelve a alejarse y nadie renuncia. Así funciona la inmortalidad política en Cuba.

Cuba está hoy consumida por tres formas de devastación: por un poder como el de Cronos, que teme que los hijos sean soberanos; por una existencia sin sentido como la de los inmortales de Borges; y por la destrucción que, como en Troya, deja templos y tumbas sin seres que lloren, ofrezcan culto o lleven luto.

El camino hacia el futuro en Cuba exige devolver a las palabras su sentido común y reconocer la renuncia como una opción válida para devolver a las futuras generaciones su tiempo histórico e interrumpir el camino de los inmortales.







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