Nunca antes la presidencia de Estados Unidos, el puesto más importante del mundo, ha estado en tan torpes manos. Donald Trump hace coincidir en su persona la audacia con la estupidez, un ego desbordado con la estulticia más supina, alardes de brutal matonismo con los titubeos de la cobardía clásica. En fin, todos los vicios que puede padecer un político sin ninguna de sus virtudes, lo cual hace recordar el dicho de Goethe de que “no hay nada más terrible que una ignorancia activa”.
Basta echar un vistazo al panorama mundial para que resalte el repertorio de sus torpezas. La guerra no declarada con Irán —que se inició en febrero pasado con tan buenos auspicios de ponerle fin a una tiranía nefanda— se encuentra estancada en una posición que pone diariamente en ridículo a la nación más poderosa de la historia. El inmenso aparato militar de Estados Unidos se encuentra trabado por la ineptitud de un presidente que a diario improvisa una estrategia de derrota.
El régimen venezolano, descabezado en una acción sin precedentes, se mantiene intacto con Estados Unidos convertido ahora en socio y cómplice. El hambreado y sometido pueblo cubano que —inerme frente a sus opresores— ha confiado en que sus vecinos acudan en su socorro (tal como hicieron en 1898), se hunde cada día más en la abyección mientras espera. Enojado porque Corea del Sur no ha colaborado en el conflicto con Irán, el presidente reduce los ejercicios militares al tiempo que justifica las aprensiones de Corea del Norte. En el momento de escribir esta columna, Canadá eleva los aranceles a las importaciones estadounidenses hasta en un 50% en represalia a las medidas arancelarias impuestas por Trump.
La mayoría de los analistas opinan que estos bandazos del presidente obedecen a sus temores a los resultados de las elecciones parciales del próximo noviembre, en las que el Partido Republicano podría perder la exigua mayoría que tiene en la Cámara de Representantes e incluso también en el Senado. Sin embargo, sus vaivenes y dubitaciones lejos de consolidar la confianza del electorado en el partido dominante, la debilitan, lo cual permite pronosticar, a poco más de dos meses de esos comicios, que los republicanos perderán la mayoría, tal vez en ambas cámaras, y que en el tiempo restante la gestión de Trump será fútil y agónica.
¿Qué podría hacer el presidente si fuese el auténtico estadista que no es? Solicitar del Congreso ahora mismo una declaración formal de guerra a Irán, con vistas a poner todo el empeño de la nación en derrocar a ese régimen y cambiar la estructura política de un país que es foco de conflicto en toda la región.
Esa sería una jugada maestra, al transferirle la responsabilidad de la guerra al poder legislativo. Tanto si este lo aprueba como si lo rechaza, el presidente quedaría como un demócrata que acepta la voluntad soberana de los representantes del pueblo. No habría mejor manera de retener votantes para las próximas elecciones.
El mismo efecto positivo tendría, con vistas a esas elecciones, si Estados Unidos, antes de la consulta popular, derrocara mediante una acción militar el corrupto y carcomido régimen comunista cubano y presidiera finalmente una transición hacia la democracia en Venezuela, haciendo salir del poder a los chavistas que aún lo detentan.
Un significativo número de electores del sur de la Florida, compuesto por exiliados de ambos países, mantendrían su fidelidad al partido del presidente. La reacción podría ser exactamente la opuesta si, llegado el momento del voto, la situación en Cuba y Venezuela se mantuviera como en el día de hoy. En ese caso, y aunque Donald Trump no esté en la boleta, el voto contra el Partido Republicano habría que traducirlo como una manifestación de repudio hacia él.
No creo que, de aquí a la cita electoral de noviembre, el presidente Trump dé muestras de la sabiduría política de la que ha carecido hasta el momento. Es más predecible que siga cometiendo torpezas, transitando entre la agresiva rimbombancia y la huidiza prudencia, como ha hecho hasta aquí, y convirtiendo los últimos dos años de su mandato en su propia caricatura.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










