“En el subdesarrollo nada tiene continuidad, todo se olvida. La gente no es consecuente”.
La frase la escribió Edmundo Desnoes en el guion y la dijo Sergio Corrieri en Memorias del subdesarrollo. Sergio, el personaje, hablaba de Cuba, por supuesto, pero también de una enfermedad bastante más extendida: esa facilidad que algunos humanos tiene para convertir el presente en toda la historia.
Recordamos mal. Y, para colmo, recordamos con una seguridad admirable.
Uno escucha: “En mi infancia sí que hacía calor”. O lo contrario: “Antes había estaciones”.
Siempre, además, aparece una abuela que constituye la estación meteorológica de referencia y recuerda cabalmente el invierno de 1957, la temperatura que hacía un martes de agosto y cómo su madre tuvo que sacar una mantita aquel junio. Contra semejante evidencia, la Agencia Estatal de Meteorología tiene poco que hacer.
Nuestra memoria climática suele medir aproximadamente lo que dura nuestra vida, y ni siquiera toda. Comparamos este agosto con otros agostos que sobrevivieron al extraño proceso de selección de nuestros recuerdos.
La ciencia conoce una perversión parecida. Se llama shifting baseline syndrome: síndrome del desplazamiento de la línea de referencia. Cada generación tiende a considerar normal el mundo que conoció al principio y compara los cambios con ese punto de partida.
Una revisión sistemática reciente encontró evidencias de ese fenómeno en numerosos contextos ambientales y observó que las generaciones jóvenes suelen aceptar como referencia ecosistemas ya más degradados que los conocidos por las anteriores. Dicho sin inglés académico: heredamos el planeta, pero no siempre heredamos el recuerdo de cómo era.
Por suerte, existen seres menos olvidadizos: los corales.
No parecen grandes intelectuales. Carecen de biblioteca, no escriben memorias, jamás han publicado una columna y probablemente vivirían bastante tranquilos si no hubiese Instagram. Sin embargo, algunos conservan en sus esqueletos información climática durante siglos. Mientras nosotros discutimos si el verano de 1988 fue insoportable, ellos llevan la contabilidad.
El 27 de agosto pasado, Science publicó un trabajo dirigido por Julia Cole, de la Universidad de Michigan, con un título bastante menos poético que los corales: Recent strengthening of eastern Pacific ENSO is unprecedented in the last millennium paleorecord. Los investigadores utilizaron corales actuales y fósiles de las islas Galápagos para reconstruir la variabilidad de El Niño-Oscilación del Sur (ENSO) en el Pacífico oriental durante aproximadamente mil años.
La localización importa. Galápagos está metida casi en el corazón geográfico de los grandes episodios de El Niño del Pacífico oriental. Y los corales tienen una ventaja sobre el abuelo meteorólogo: no necesitan acordarse. Su química cambia con las condiciones del océano. Relaciones entre elementos como estroncio y calcio, junto con isótopos de oxígeno, funcionan como proxies, señales indirectas a partir de las cuales los paleoclimatólogos reconstruyen temperaturas pasadas.
He de decir que el resultado impresiona.
La variabilidad moderna del ENSO oriental es aproximadamente un 36.5% mayor que durante el milenio preindustrial. El incremento más llamativo aparece en las últimas cuatro décadas y está asociado, sobre todo, a episodios de El Niño más fuertes. Al comparar aquella reconstrucción con simulaciones de doce modelos climáticos sometidos a variabilidad natural, los autores encontraron que el fortalecimiento reciente sobresale de lo esperable por esas oscilaciones naturales.
¡Casi un cuarenta por ciento! Uno comprende entonces el problema de recordar el clima con la infancia. Una persona de cuarenta años puede decir: “Siempre ha sido así”. El coral responde: no. Y lleva mil años tomando notas.
Conviene, sin embargo, no transformar al coral en Nostradamus con carbonato cálcico. Una reconstrucción paleoclimática no es un termómetro colocado en Galápagos en el año 1236. Trabaja con indicadores indirectos, calibraciones, fragmentos temporales e incertidumbres.
Además, Galápagos cuenta muy bien una parte del Pacífico oriental, pero no representa uniformemente todo el océano ni todas las modalidades posibles de ENSO. La propia complejidad de las interacciones entre océano y atmósfera hace que permanezcan incertidumbres sobre cómo evolucionará exactamente El Niño.
Y hay otra cautela importante. Que el fortalecimiento reciente coincida con el calentamiento global, supere la variabilidad reconstruida del último milenio y no se reproduzca adecuadamente con forzamientos naturales constituye una evidencia poderosa. Pero atribuir cada El Niño concreto al calentamiento antropogénico exige distinguir cuánto corresponde a la variabilidad interna del sistema y cuánto a los forzamientos externos.
La ciencia seria tiene esa manía poco comercial de añadir matices justo cuando el titular empezaba a quedar estupendo. Tal vez por eso me interesa tanto este estudio. No solamente por El Niño. Más bien diría que por la memoria.
Toda sociedad decide quién es mediante aquello que recuerda y aquello que consigue olvidar. También Cuba.
Ya sabemos que la Isla Metafórica posee una relación casi profesional con la desmemoria. Cada presente pretende ser definitivo. Cada crisis ocupa todo el paisaje. Cuando falta comida, parece que nunca hubo otra cosa. Cuando falta electricidad, cuesta imaginar un problema diferente del próximo apagón. Es comprensible. La supervivencia posee una pésima perspectiva histórica: quiere resolver esta noche.
Pero Cuba no vivirá eternamente en el apagón de hoy. Algún día volverá la luz. Y, cuando vuelva, habrá que mirar también hacia el mar.
La elevación del nivel del océano, la erosión costera, las inundaciones, las sequías y la disponibilidad de agua forman parte ya de los riesgos climáticos que la propia planificación científica cubana y organismos internacionales estudian para la Isla. El PNUD señala, por ejemplo, la especial vulnerabilidad de sus asentamientos e infraestructuras costeras y cita una proyección del Instituto de Meteorología cubano de unos 29 centímetros de subida del nivel del mar para 2050.
El problema es que una sociedad puede acostumbrarse también al deterioro. Primero, un verano parece extraordinario. Después, ocurren cinco. Al décimo, decimos: “Aquí siempre hizo calor”. Y hemos perdido la memoria.
Por eso necesitamos archivos, series históricas, libros, científicos, abuelos —incluso los exagerados— y, al parecer, corales. Unas memorias suficientemente largas para impedir que confundamos lo habitual con lo normal.
Sergio, en la película de Tomás Gutiérrez Alea que te mencioné al principio, decía que en el subdesarrollo todo se olvida. Quizá una de las formas más discretas de salir del subdesarrollo consista justamente en recordar. Aunque para hacerlo tengamos que preguntarle a un coral.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










