La ciencia como metáfora o el señor de la bata que también pierde las llaves

Hay una imagen del científico que me fascina. Lleva bata blanca —aunque investigue agujeros negros—, mira pensativo un tubo de ensayo, tiene el pelo ligeramente desordenado y parece estar a tres minutos de descubrir algo que cambiará el destino de la humanidad. Si además es alemán, la película mejora considerablemente.

A los científicos se nos representa así porque la realidad decepcionaría bastante a cualquier departamento de comunicación. La realidad es una persona buscando una pipeta que tenía delante hace dos minutos. Una investigadora preguntando quién ha gastado el último frasco de anticuerpo sin pedir otro. Alguien abriendo por quinta vez un Excelllamado “Resultados_DEFINITIVO_ahorasi_3”. Y un jefe de grupo que lleva tres días escribiendo una solicitud de financiación donde debe explicar por qué su proyecto es revolucionario, viable, arriesgado —pero no demasiado—, interdisciplinar, sostenible, inclusivo y capaz —si queda espacio en el formulario— de curar alguna enfermedad. De esto último hay incluso números. 

Un estudio sobre preparación de proyectos competitivos calculó que una propuesta requería, de media, unas 116 horas del investigador principal, además del trabajo de los colaboradores. Es decir, antes de investigar hay que dedicar una buena porción de la existencia a solicitar permiso y soporte económico para hacerlo. Kafka, de haber conocido las agencias financiadoras, quizá habría abandonado la literatura y montado un laboratorio.

La ciencia disfruta de una épica magnífica. Newton ve caer una manzana. Arquímedes sale desnudo gritando eureka. Fleming mira una placa de Petri y aparece la penicilina. El mensaje es precioso: el genio observa lo que los mortales no ven y la humanidad progresa. La historia verdadera suele tener peor iluminación.

Alexander Fleming encontró en 1928 que un moho había contaminado un cultivo de estafilococos y que alrededor de aquel intruso las bacterias no crecían. El hallazgo fue extraordinario, claro. Pero entre aquella placa contaminada y la penicilina capaz de salvar millones de vidas hubo años de trabajo, problemas de purificación y, sobre todo, otros científicos. Ernst Chain, Howard Florey y sus colaboradores consiguieron producirla y estudiar sistemáticamente su uso terapéutico. Por eso el Nobel de Medicina de 1945 no se lo dieron solo a Fleming, aunque la memoria popular —siempre necesitada de protagonistas— haya hecho desaparecer a media plantilla. Ergo, la ciencia adora el trabajo colectivo, pero la metáfora prefiere un señor iluminado.

Con la PCR ocurrió algo parecido, aunque aquí el mito tiene automóvil. Kary Mullis contó en su conferencia al recibir el Nobel que la idea principal de esta técnica fue tomando forma mientras conducía por California y que llegó a detener el coche en la Highway 128 para fijar los conceptos. ¡Magnífico para una película: carretera, noche, revelación!

Mucho menos cinematográficos fueron los meses posteriores de pruebas, errores, enzimas, temperaturas, controles y gente trabajando para convertir una intuición en una técnica que acabaría entrando en todos los laboratorios de biología molecular de planeta y, no lo olvidemos, haciéndose popular en el 2020 por la pandemia de la COVID-19.

La idea se puede resumir como: La inspiración científica existe, el problema es que después hay que pipetearla.

Barry Marshall llevó la cosa bastante más lejos. Convencido, junto a Robin Warren, de que Helicobacter pylori estaba relacionado con la gastritis y las úlceras, decidió beberse un cultivo de la bacteria. Desarrolló una inflamación gástrica y terminó demostrando que aquella criatura tenía bastante más responsabilidad en el asunto de la que la medicina de entonces estaba dispuesta a concederle. 

Warren y Marshall recibieron el Nobel en 2005. De cualquier manera, no recomiendo el método. Si cada investigador tuviera que ingerir su objeto de estudio, la oncología estaría desierta y los vulcanólogos tendrían dificultades administrativas.

Estas historias nos gustan porque convierten la ciencia en una metáfora de la inteligencia humana: curiosidad, audacia, perseverancia. Y es verdad. Pero falta una parte menos heroica y quizá más importante: la ciencia también es una sofisticada organización del fracaso.

Los experimentos salen mal. De hecho, muchísimo. En una encuesta publicada por Nature entre más de 1.500 investigadores, el 70 % reconoció haber intentado sin éxito reproducir experimentos de otros científicos y más de la mitad había tenido dificultades para reproducir los suyos propios. 

¡Cuidado! Esto no significa que la ciencia sea falsa. Quiere decir precisamente lo contrario: hemos construido un sistema que desconfía de nosotros.

Y menos mal. Porque el científico no posee un cerebro inmune al autoengaño. Se enamora de una hipótesis, interpreta demasiado, se entusiasma con un resultado, siente celos, tiene ego, duerme mal, desea publicar antes que el laboratorio del quinto piso y puede confundir una bonita historia con una evidencia sólida. 

La ciencia funciona porque intenta colocar procedimientos entre nuestras debilidades y las conclusiones: controles, réplicas, revisión, estadística, discusión pública. No elimina al humano. Lo vigila. Quizá por eso resulte curioso cómo nos perciben los demás. Diversos estudios de psicología social han encontrado una imagen bastante persistente: los científicos somos considerados muy competentes, aunque bastante menos cálidos. Inteligentes, sí; simpáticos, ya veremos. 

Es una clasificación deliciosa. Uno dedica treinta años a estudiar la respuesta inmunitaria para terminar compartiendo cuadrante psicológico con abogados y contables. He de confesar que la bata blanca tampoco ayuda. Quizá por eso la evito. 

Dentro del laboratorio, sin embargo, la especie Homo scientificus presenta una biodiversidad formidable. Los hay brillantes y torpes, generosos y miserables, tímidos y narcisistas, rigurosos y enamorados del p menor de 0,05. Hay quien disfruta enseñando y quien considera al estudiante una perturbación ambiental. Hay científicos que no hablan y otros que, después de una conferencia de cuarenta minutos, consiguen que uno eche de menos el silencio mineral. Exactamente igual que fuera del laboratorio. 

Humanizar la ciencia no significa rebajarla. Al contrario. La hace más impresionante.

Prefiero pensar que la penicilina nació de una contaminación que alguien supo mirar, que la PCR necesitó una carretera, además de una cabeza privilegiada, y que una bacteria acabó dentro del estómago de un investigador particularmente cabezota. La alternativa —genios infalibles recibiendo mensajes del universo— siempre me ha parecido peor.

La ciencia no avanza porque quienes la hacemos seamos seres superiores. Avanza porque hemos inventado una manera imperfecta, lenta y extraordinariamente fértil de corregirnos unos a otros. Luego están los congresos, las fotos institucionales y las inauguraciones. Ahí reaparece la metáfora.

Nos colocan una bata blanca, nos ponen junto a un microscopio, llaman al fotógrafo y durante unos minutos volvemos a representar al guardián del conocimiento. Sonreímos. Conviene sonreír. Uno nunca sabe cuándo llegará la siguiente convocatoria. Porque quienes nos dedicamos a la ciencia solemos ser objetos decorativos que todos quieren, pero por los que a nadie le gusta pagar…., pues, digo yo, somos tan humanos como los que cobran por abrir la boca. 

Tenlo en cuenta si me estás leyendo y págame si quieres que trabaje. 






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Jinete, sigue de largo

Por John Jeremiah Sullivan

“Gloria, duelo y la carrera por la Triple Corona”.