“Era inevitable que se cruzaran. Él la miró, acariciándola entera, aunque no pronunció palabra. Ella lo miró, y sintió que empezaba a gustarle”.
“Era inevitable que se cruzaran. Él la miró, acariciándola entera, aunque no pronunció palabra. Ella lo miró, y sintió que empezaba a gustarle”.
Yo rogaba en silencio, a un Dios en el que no creo, para que no muriera en la travesía, para que llegara a salvo.
En medio de las tensiones geopolíticas con Occidente, el Luna-25 ruso se prepara para tocar la cara oculta de la Luna, reviviendo una ambición cósmica de hace 50 años.
Yo era Elena en ‘Corazón azul’. Me encontraba ante las ruinas de una isla. Por fin dejé de matarme. Ya no podría volver a interpretar a Ofelia.
Con su técnica excelente y su goce singular de pianista acuariana, Diana Carbonell Avtodiychuk genera una danza con sus dedos.
Se ha matado por el hijo que tuvo su mujer el mes pasado. El bebé no debe ser suyo, porque salió bastante negro.
Las imágenes de Diana Markosian de una institución antaño grandiosa tienen un aura de decadencia y plantean una pregunta sobre lo que motiva a los bailarines que quedan.
¿Qué dirección está tomando el reparto? ¿Cuáles fuerzas moldean su evolución? ¿Volvemos al reguetón?
Una vez más, un representante del Gobierno cubano expresa las auténticas características del Estado insular: patriarcal, misógino, machista y discriminador.
Hace poco mi madre me preguntó si yo de niño me abochornaba de ella. En las graduaciones y fiestas de la primaria, según mi madre, yo trataba de que ella no fuera. En ese momento, como en una película austriaca, yo no pude decirle a mi mamá: “No seas boba”. No. En ese momento yo solo me hice el ofendido. Hubiese sido más fácil decirle: “Te quiero”.
En un bodegón, una mujer se asoma desde la puerta y grita: “¡Se acabó el picadillo, caballero!”. Por suerte, quien esto escribe solo quería lentejas. El número seis de la cola no lo tomó tan bien: “¡Si Fidel estuviera vivo estas cosas no pasarían!”. Ahí mismo llegó mi primera tesis cuarentenal: Fidel es un progenitor de estoicos.
Estaba leyendo Lancha rápida, de Renata Adler. Me parecía ideal para el momento: ningún orden, ninguna historia que seguir, ningún personaje, ni siquiera a su protagonista, reportera de The New Yorker. Si me harto puedo saltar la página: siempre habrá un chanchullo nuevo detrás. Tal como se mueve el mundo. Como se mueven las noticias.
Un policía
golpea con su tonfa la cabeza de un opositor:
la sangre brota, baña su rostro. Y con técnica de inmovilización
le fractura el hombro, lo asfixia hasta el marrón.