Teratoma e idealidad


Ciudad de Todos los Santos,
fines de agosto de 2026.


Valentine Penrose, tía política del célebre científico Roger Penrose, fue poeta (suelen incluirla en las nóminas del surrealismo) e investigadora cultural. Su oscuridad lírica, que no era más que claridad visionaria condimentada con ensoñaciones arquetípicas, pasa, por ejemplo, por las raíces históricas de la brujería. 

Por otra parte, ella sabía por qué y de qué manera los turcos otomanos robaban, en la lejana Hungría, muchachas jovencísimas (y especialmente muchachos) para sus harenes, que eran de una excelencia y una fineza extraordinarias. Este dato tiene mucho que ver con la escritura, anómala y desaforada, pero precisa, de su libro La Condesa Sangrienta, reseñado, con no menor desafuero y con parecido entusiasmo, por la poeta Alejandra Pizarnik.

Los turcos otomanos, de una crueldad minuciosa y de un esmero en las orillas de lo atroz, sabían que la condesa Báthory, Gran Loba en sus propias tierras, pertenecía a ese tipo de aristocracia crucial que se pregunta, con inocencia absoluta, por qué no ser dueña de animales, bosques y personas. 

La condesa estaba convencida (y así lo dijo en el juicio donde se demostró que había torturado, mutilado y asesinado a más de 600 mujeres) de que ella era quien era por obra y gracia de la calidad prodigiosa de su abolengo y de su sangre. Y que tenía todos los derechos sobre la vida y sobre la muerte. Los turcos robaban jóvenes por aquellos parajes y se sentían tan impunes como la señora Báthory.

Los varones húngaros robados por los turcos se dice que eran un tercio niños (para ser educados), un tercio entre 11 y 13 años (que era como la sección intermedia) y un tercio entre 15 y 17. El último tercio dejaba suponer que había un proceso de selección de índole anatómica y sexual tras un desarrollo bastante completo del cuerpo. 

Hombres delgados, bien dotados y en los inicios de su juventud. Cuerpos donde hubiera una cercanía lírica a la noción de teratoma, de prodigio carnoso. Buscaban las inmediaciones de esas deformidades quiméricas que podían llamar la atención y ser deseadas. 

Hay teratomas carnosos (acabo de mencionarlo) que son vecinos de la monstruosidad barroca. Y teratomas mentales, ideales, abstractos, como la Utopía. Constantinopla era una utopía realizada, pero endeble (utopía a medias, pues). Y los turcos otomanos llegaron, invadieron y tomaron la Gran Ciudad, lo que demuestra que a la larga toda utopía es, en esencia, una inexistencia pura.

Las cosas están bien hechas o mal hechas. Si salen regularmente hechas es porque salen mal.

No solo con la voluntad y la representación (aquí Schopenhauer nos ayuda un poquito) las utopías cobran realidad. Y aun así cumplen rigurosamente con la índole de su médula: ficción y entelequia. 

El problema surge cuando la intención se confunde con el resultado. O el querer hacer con el poder hacer. O el quiero ser con el soy. 

¿Por qué cayó la Gran Constantinopla ante los turcos? Porque casi no tenían soldados, porque el Imperio Bizantino estaba cuajado de divisiones internas, porque había una pobreza muy significativa y porque había un gran aislamiento diplomático. Además, el choque entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica era muy fuerte y constante.

Es sencillo admitir que un teratoma puede confundirse con una utopía y viceversa. El teratoma anhela (sin éxito) terminar un proceso transformativo que haga de él algo funcional como organismo, mientras que la utopía anhela darle fin a un proceso que la transforme también en algo funcional como organismo. Sí, pero no.

¿Cabe imaginar, modernamente hablando, que varios siglos después esos turcos descendientes de invasores (los mismos que, además de guerrear, raptaban jóvenes para los lentos e incomparables desenfrenos de sus serrallos) le propondrían hoy a Taschen, para mayor reputación de una raza llena de hazañas, publicar un volumen de fotografías de cuerpos de varones húngaros, en homenaje a un pretérito lleno de sangre, fama y deseo? 

Pero el húngaro es una lengua restrictiva. Tanto como el turco. Sería en inglés. O bajo la égida de un bilingüismo clásico: inglés y francés. El libro se llamaría One Thousand Hungarian Dicks. Falos húngaros de talante mitológico. Pingas entre la Gravedad que desciende y la Gracia que asciende. Cuerpos conquistados. Cuerpos utópicos, pero reales. Cuerpos divinizables y transhistóricos.

La condesa Báthory, que era lesbiana, cerraría los ojos, inerme o dormida en su trono laxo, esponjoso. Y el libro se le caería de las manos. 

Pero fantaseemos un poco más. ¿Se imaginan ustedes un libro así, pero de cubanos? Desde luego. De cubanos hoy, cuando el teratoma de la Utopía Socialista deja la brecha del sexo como sitio por donde escapa el vapor del desastre. 

El libro existe, en forma de simiente, o en forma perifrástica e incoativa, en las imágenes de una docena de grupos de Telegram y WhatsAppEl Pingario Nacional.

Entre lo tristemente divertido de lo utópico y el ridículo habitual que lo acompaña, se cuela la cuestión de las diferentes válvulas de seguridad, que dejan escapar el vapor de la olla para que la olla no reviente y la Isla no se hunda en el Atlántico, devorada por ciclópeas trombas subterráneas, trucidada por una manada de krakens enviados por Poseidón y enloquecida por el Gran Cthulhu, que duerme bajo el sello de R’lyeh.

La fantasía de lo teratológico, del teratoma concreto, se desplaza hacia los tamañazos (mortífero garbo) que Taschen inmortalizaría en un grueso volumen. El volumen o más bien los volúmenes I y II. El primero, Vintage, iba a ser capaz de registrar el pingario cubano entre fines del siglo XIX y 1958. El segundo volumen, titulado Revolution, compendiaría el pingario insular desde 1959 hasta hoy. 

Entre imprimir un solo volumen e imprimir dos, la querella tocaría las puertas del Consejo de Europa. Porque los editores alemanes son serios y ahorrativos, la verdad. Y sería fácil concebir, al cabo, la realización de un solo volumen gordezuelo, como otros que Taschen hace circular. 

Un volumen dividido en esas dos secciones: Vintage y Revolution. El título definitivo, para honra de un negro esclavo de origen novelesco y para gloria de la nación, sería este: The Caniquí Collection: 1000 Cuban Dicks.

¿Tendrían algo que envidiar las pingas de la sección Vintage a las pingas de la sección Revolution? Imposible saber con precisión. 

Para empezar, los alimentos del antes no eran los alimentos del después. Clarísimo. Se iría de lo habitual a lo inhabitual. De lo señalado a lo raro. De las bragaduras notables a los teratomas socialistas. Pero, bueno, ¿acaso el Socialismo no había sido y era todavía un teratoma antropológico? He ahí parte de la cuestión. Del sentido común a la hiperplasia.

Vivimos hoy en el interior de un teratoma que no querría ser monstruoso, pero cuyos inventores no pueden (ni quieren) abandonar al monstruo, ponerle una inyección letal, descontinuarlo. Y tampoco quieren (ni pueden) dejar de insistir en eso de convencernos de que todo andará bien (les fascina usar los verbos en futuro simple), que el teratoma no es monstruoso, y que la Utopía resistirá como ninguna y se impondrá por medio de una conversión pasmosa, mágica, fenomenal. 

Pamplinas. Alharacas. El carnaval del optimismo. No quieren (ni pueden) reconocer el fracaso.

Necesito visitar Estambul antes de que termine la diáspora de los sabios e irme luego a Europa a ver si puedo presenciar, en primera fila, el parto del Renacimiento. 







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