Sobre ‘Bobi’ de Roberto Calasso


Publicado de manera póstuma, Bobi (Anagrama, 2026) confirma la grazia de Roberto Calasso para escribir una vida alejada de la obediencia del retrato. 

En sus páginas, Roberto “Bobi” Bazlen (Trieste, 1902-Milán, 1965) parece ser la invención de una ciudad, de unos libros leídos demasiado temprano y de un agotamiento anterior a la fama. Quizás a Bazlen lo inventó el propio Calasso. Esta mínima biografía ofrece menos una sucesión de hechos que una cámara de ecos: una cama, una mesa diminuta, papeles, revistas, un hornillo para el café, una calle romana anterior a la contaminación turística. 

En ese cuarto de Via Margutta 7, Calasso desentierra una inteligencia hecha de pura reticencia, de oído, capaz de someter toda biblioteca a una jerarquía secreta. Según una frase que atraviesa el libro, Bazlen era “una suerte de huracán silencioso”, autor de una geografía literaria desde la sombra, sin tribuna ni obra visible.

Pocas figuras modernas han encarnado con tanta delicadeza la autoridad del lector. Bazlen leyó antes, a destiempo, con una mezcla de ferocidad y abandono que convertía la lectura en operación fisiológica. Calasso recuerda que el Bobi adolescente ya había agotado en Trieste todo lo importante que asomaba en el horizonte. 

La afirmación sonaría hiperbólica si el volumen no la desmintiera por exceso: Kafka —devorado antes de convertirse en fetiche editorial—, Benn, Trakl, Daumal, Gilbert-Lecomte, Guénon, Svevo, Strindberg, Williams, Montale. Una biblioteca de afinidades electivas donde cada tomo era rescatado antes de volverse respetable. El gusto en Bazlen operaba con el rigor de una ciencia dedicada a forzar encuentros inesperados entre libros.

Allí mismo, entre esas paredes, ocurre una de las primeras revelaciones de Calasso. Bobi discurre sobre “la traducción, de Williams, del estilo de [Cristina] Campo”. Aquellas palabras, recuerda, “se clavaban en la mente”. 

La escena parece menor, pero contiene el núcleo de su magisterio, el de escuchar una traducción hasta transformarla en una prueba de oído. Bazlen daba por descontado que la versión de Campo era “pura verdad”, pero esa aprobación solo inauguraba una exigencia mayor. Lo decisivo se jugaba en la palabra alemana Dichter, que para él implicaba mucho más que el término “poeta”. Bobi detectaba ahí una densidad que amenazaba con falsear a Williams si se acentuaba el peso literario. 

Bajo el filtro de Campo, esos versos debían conservar su vibración original, esa zona de necesidad previa a las clasificaciones de la época. Más que trasladar, para él traducir era reconocer. Había que exigirle a la lengua de llegada el mismo grado de presencia que hizo necesario el poema. Escribe Calasso: 

Bobi quería que Williams se mantuviera lo más lejos posible de ese concepto. Era un médico yanqui, que iba a visitar a sus pacientes con el maletín de instrumentos y, en el ínterin, unos versos brotaban de él, a veces al modo de un literato chino, a veces como un astuto modernista. Nadie como Cristina supo captar cada una de esas figuras. Bastaba con que no acentuara el Dichter.

Aquella Roma de Calasso y Bazlen tiene algo de teatro atemporal. En esa plaza de España todavía circulan mendigos, expatriados, mujeres de una belleza ajena a la precisión quirúrgica, restos de una aristocracia de posguerra que ignora las razones de su propia supervivencia. 

Bazlen cruza la escena, despojado de ropas de turista o peregrino. Calasso prefiere definirlo a través de una condición más fugitiva: su brújula apuntaba a un Oriente que significaba renunciar a las metas antes que buscar un destino. 

Aquí el retrato acentúa su fineza. Bobi camina absuelto de la obligación de fijarse un rumbo, amparado por una ciudad que lo asimila sin absorberlo. Su romanidad procede justamente de su extrañeza; por eso lograba ver lo que los nativos confundían con costumbre. Roma era el decorado para ejercer una atención depredadora, indisociable del clima intelectual de la posguerra italiana por más que Bazlen lo atravesara de perfil. 

Calasso lo fija con una nitidez que exige citarse in extenso

Prácticamente en toda Italia, a partir de 1945, la bestia negra era lo irracional. Bazlen sencillamente ignoraba esas disputas. Pensaba que eran una pérdida de tiempo. Prefería hablar de lo que se reconoce ya por el sonido. Era ese el punto decisivo. Bazlen decía con frecuencia: “No suena bien” —y se entendía que no había discusión. Las “inquietudes” que le fueron solapadamente reprochadas a Bazlen se referían por lo general a la capacidad de reconocer ese sonido, que en él era completa. 

Leemos en Bobi una teoría tácita de la escritura, construida desde su propio impedimento. Calasso confiesa que el mayor impacto que le causó Bazlen fue disuadirlo de escribir. 

En una época obsesionada con volcar la inteligencia en producción masiva, Bobi introduce la sospecha de que la obra terminada puede ser un estorbo. El imperativo era hablar de los libros, moverlos, calibrar si la frase respiraba todavía. Publicar quedaba para después, si acaso. El lector absoluto se reservaba el derecho de no cruzar el umbral. 

Calasso apunta que ese hablar de libros fue una actividad que solo Bazlen llevó “hasta sus últimas consecuencias”. Esta frase encierra una ética. En Bobi, la conversación adquiere el rango de forma, de ahí la importancia de sus cuadernos de notas —publicados por Adelphi póstumamente. 

Calasso se asoma a ellos con pudor y fascinación. En esos apuntes, ajenos a la expectativa de un lector futuro, sobrevive el residuo de un impulso privado. Calasso asegura oír su voz antes de leer lo escrito. Esos cuadernos reniegan del estatus de documento o borrador; son restos de una presencia oral que halló en la anotación su forma menos traicionera. 

De ahí emerge la máxima que cifra su relación con el mundo: “Si una sola cosa, incluso la más pequeña, tiene sentido, entonces todo tiene sentido”. 

La frase posee esa cualidad de las máximas que parecen haber sido recogidas antes que inventadas. En el reverso de una postal o en la cubierta de un libro, Bazlen tropezaba con una totalidad que prescindía de los sistemas. El fragmento se bastaba a sí mismo, libre de la obligación arquitectónica. 

El desencuentro con Eugenio Montale es un pasaje crucial. A través de una nota necrológica firmada por el poeta, accedemos a la violencia delicada de esa inteligencia. Bobi busca al poeta, lo admira, espera de él una mutación que Montale no podía conceder sin desintegrarse. Calasso detecta ahí una herida abierta. 

Los versos a Liuba, la sombra de Dora Markus, las cartas perdidas y las respuestas implacables adquieren el tono de una tragedia de salón: “Más que un homenaje a Bazlen, la necrológica de Montale era un intento de mantenerlo alejado”. 

Bazlen exigía que la literatura rozara una zona de peligro; prudente y dueño de sus defensas, Montale prefería la cautela: 

A través de las veladuras autobiográficas proporcionadas por Montale se atisba que Bazlen cumplió para él la función de hacerle ver la posibilidad de un cambio total de la situación; eso lo habría inducido a alejarse de la actitud prudente que rigió su vida. Montale no estaba dispuesto a ello. 

Entre ambos queda una tensión que Calasso no resuelve, y en esa reserva radica la elegancia del pasaje. En la gran crítica, la alusión siempre derrota al dictamen. 

La aventura de Adelphi añade otra arista al volumen. El lector errante supo proyectar una editorial como quien traza una biblioteca ideal. Calasso evoca la consigna de publicar únicamente “libros únicos”, una fórmula tan simple como impracticable. El libro único escapa al género: puede ser novela, memoria, tratado o una danza entre todos ellos. Exige haber surgido de una experiencia directa, padecida hasta transformarse en algo desprendido de su autor. 

Ahí se reconoce la singularidad de Bobi, su rastreo de textos cargados de una necesidad biológica, insustituibles. Adelphi convirtió la excentricidad en método. Los catálogos no se agrupaban por escuelas o épocas, sino por afinidades caprichosas y exactas, similares a las que vinculan a ciertas piedras con ciertos insectos.  

Ese rigor implicaba una militancia del rechazo. Calasso recuerda que “una editorial se hace con el  y también con el no”, y que los descartes más urgentes son los que provienen de la proximidad peligrosa, de aquello que calca nuestras propias razones. Bazlen lo dejó escrito en sus Notas sin texto: “El peor enemigo es el que tiene los mismos argumentos que nosotros”. 

La advertencia esquiva al rival evidente para apuntar a la afinidad desviada que se mete en casa usando modales familiares. El caso de Bruno Bettelheim y The Informed Heart (publicado por Adelphi en 1965 como Il cuore vigile) expone esa lucidez implacable. Antes de la imprenta medió una carta demoledora de Bazlen donde el matrimonio Bettelheim, a pesar de la amistad, mutaba página a página en el enemigo definitivo. Saber decir sí a un libro exige haber adiestrado el olfato para detectar las discrepancias fatales. 

De todo el léxico bazleniano, la palabra más reveladora sigue siendo primavoltità. Calasso la rescata como un cuño frecuente de Bobi para nombrar el chispazo entre el acontecimiento y quien lo bautiza por primera vez. Hay una nostalgia del origen en este hombre que había leído demasiado para creer en las novedades del mercado. Cuando ese fulgor estallaba, adquiría una fuerza que la costumbre suele limar. 

Bazlen perseguía esa pureza en textos antiguos, en escrituras inmunes al rescate universitario, en páginas que custodiaban palabras enigmáticas. Detestaba el programa de desenterrar autores asimilables; prefería lo que volvía a la superficie con su aspereza intacta, a salvo del embalsamamiento de la academia. 

Calasso no fabrica un santo laico. Nos deja al hombre con sus manías, sus durezas y esas frases escocesas, casi malvadas. De Adorno despachaba: “Es uno de esos que se perfuman porque temen oler mal”. En algún momento lo llamó “chamán disfrazado de burgués”, aunque luego se enmiende: “Hoy evitaría, no sin pena, la palabra chamán. El mundo ya no sabe darle sentido. Diría solo que Bobi era el que llegaba primero —y no se sabía adónde”. 

Llegar primero es percibir el temblor antes de la llegada del nombre. Es asumir una soledad hecha de anticipación y desajuste. Bobi leía el futuro en los tropiezos ajenos, en la indigencia de lo que estaba por venir. 

En definitiva, Bobi pertenece a esa rara estirpe de libros donde una vida transmuta en método de lectura. Calasso renuncia a la reconstrucción lineal para perseguir una figura ahistórica, inasible pero jamás evanescente. Su magnetismo nace de haber transformado la desaparición en la forma más radical de la presencia. 

Roberto Bazlen no levantó una obra destinada a ocuparlo todo; nos heredó un modo de reconocer el sonido justo —con su reminiscencia flaubertiana—, una autoridad sin institución, una manera de atravesar los libros antes de que existieran para los demás. 

Por eso Calasso termina por confesar que, entre todo lo que halló en el camino, Bazlen le resultó sencillamente “esencial”. La palabra, despojada de énfasis, queda aquí desnuda, exhausta. Y por una vez, basta.






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