Mi zona cero literaria es una manera de labrar un territorio.
Mi zona cero literaria es una manera de labrar un territorio.
Exorcizar los demonios que atormentan a Cuba y su arte, y que no sean enterradas en una tumba coronada por un epitafio hipócrita.
En el centro de la cuestión hay una pregunta fundamental: ¿Cómo es posible que Israel, una nación conocida por su destreza en materia de inteligencia, fuera cogida por sorpresa?
The Wall Street Journal: “Frenaría la marcha coercitiva de la izquierda, pero es probable que sus políticas sean una apuesta incierta”.
The Economist: “El daño a la economía de EE. UU., a sus instituciones y al mundo sería enorme”.
Entre la reacción en cadena ante la muerte del cantante y ‘La capital del sol’ se podría armar un retrato robot del alma cubana.
Su reino era su casa y su trono un cómodo sillón desde donde enfrentó la vejez, la ceguera y lo peor.
El sometimiento siempre se afirma en tres cosas intercambiables y manipulables: el miedo, la división y la ignorancia.
Cualquier cosa puede ser una novela, y el efecto de la novela es el mismo que el de la intensa luz: herir.
Teniendo una obra deliciosa y todas las posibilidades para posicionarse en el campo del arte desde una retórica de empoderamiento más que convincente, la pintora mexicana Roberta Lobeira no cuenta, no existe, ahora mismo, para ninguna de las narrativas del arte contemporáneo latinoamericanas, menos aún para las europeas.
Hoy se sienten seguros de que ganaron la batalla. Porque, para ellos, la diversidad de criterios sobre cuestiones políticas solo merece guerra y aniquilación. Pero lo cierto es que han perdido, estrepitosamente, la confianza de muchos. Han perdido ellos y hemos perdido los demás, que aún no sabemos articular un pacto cívico.
Nos maltratan, y le piden a la comunidad internacional y a los coterráneos neófitos que lo comprendan. El Estado pide comprensión porque se siente amenazado por un enemigo que no existe. El Estado pide que lo dejen ser infantil y peligroso. He sido abusado y ciberabusado… Y así seguirá siendo, al parecer.
“El solo hecho de apreciar la obra de Nicolás Guillén Landrián tal y como él la concibió resulta impactante y llena de sentido tanto esfuerzo. Ya a nivel más personal, acercarse a su vida es constatar lo poco que nuestra política y nuestra cultura han aprendido de los errores del pasado”.