Quienes hemos vivido en una dictadura llevamos una especie de tatuaje invisible. Uno de esos que no se hacen en la piel, sino en la forma de mirar el mundo.
Quienes hemos vivido en una dictadura llevamos una especie de tatuaje invisible. Uno de esos que no se hacen en la piel, sino en la forma de mirar el mundo.
En la política-fútbol, que es una poética, las rivalidades hacen extraños compañeros de cama. Y compañeras también.
El país que tenemos hoy parece muy cercano a otra protesta de gran escala. ¿En qué condiciones ocurrirá y quiénes la protagonizarán?
Cuba era el lugar donde el siglo XX podía dejar de ser Auschwitz. El comunis-mo tropical se ofrecía como antítesis luminosa del horror nazi.
El sitio de donde nunca ningún cubano será excluido es un diario de la invasión.
A través de documentos secretos, Daniela Richterova reconstruye cómo un pequeño Estado socialista se convirtió en uno de los arquitectos de la Guerra Fría.
Los magnates digitales y los líderes autoritarios son algo más que simples disruptores del viejo orden liberal. Juntos buscan barrerlo por completo.
No entiendo el fuego que te quema, / ni por qué me mojan tus hogueras.
La invasión es el más tardío de nuestros derechos humanos. Todo imperio se merece un final sinfónico.
¡Quién lo hubiera dicho, que la Gran Utopía, ahora muerta, ofrecía la imagen de su desnudez, su imagen real, y no era más que un camelo despreciable!
Podría ser un género literario de estreno. Los apuntes de una persona a la espera de la invasión de su patria.
Ortega ha sido el maestro de su generación, aquel que sacó a Hispanoamérica de su provincianismo, inyectándole ideas novedosas.
Una escritura donde la realidad, aun cuando abruma, termina por exaltar la voz de quien escribe.
La Historia, el arte, la literatura y los entresijos humanos condimentan las novelas de Juan Manuel de Prada.
Empujar al grupo de teatro El Ciervo Encantado fuera de la protección institucional para darle caza en la manigua.
Muchos años gritando llevan los padres, madres, hijos e hijas de los presos políticos que llenan las cárceles en Cuba.
Ortega ha sido el maestro de su generación, aquel que sacó a Hispanoamérica de su provincianismo, inyectándole ideas novedosas.
Fidel Castro fue el máximo exponente del terrorismo mágico.
Se presumen libertades, alegrías y narrativas de desarrollo que no se corresponden con el caos de las guerras, las censuras y la represión social disfrazada de respeto al otro.
Lo único que podría librar a los cubanos de su yugo es el formidable aparato militar norteamericano, no solo para deponer un régimen, sino para enderezar un país y devolverle sus instituciones.
El régimen comunista está más aislado que nunca y las reservas de combustible se están agotando. Los diplomáticos temen brotes de enfermedades y la extensión del hambre.
Mía MP (Cuba, 1983) es poeta, narradora y fotógrafa. Su trabajo es una singular fusión de artes visuales y escritura.
Erick Brito (Cuba, 1989) es activista y miembro de “Cuba en Familia” organización que apoya a familiares de presos políticos en Cuba. Vive exiliado en Miami.
Boris Larramendi (La Habana, 1970) es músico, cantante y compositor. Fundador del grupo Habana Abierta. Su carrera en solitario cuenta con cinco discos. Vive exiliado en Miami.
El West New York Cultural Center ya tiene programados conciertos, películas, teatro, presentaciones de libros, lecturas de autores y traductores.
Para los huérfanos de un sistema fallido, no se avizoran las acciones tangibles, ni a corto ni a largo plazo.
El Observatorio continúa exigiendo un marco normativo internacional que permita distinguir entre intercambio legítimo e instrumentalización política.
“Los humanos son capaces de antropomorfizar objetos inanimados cuando les conviene emocionalmente y deshumanizar seres conscientes cuando les conviene instrumentalmente”.
Esta entrevista forma parte del libro en proceso de preparación ‘Voces imprescindibles: autores cubanos del siglo XXI’.
“Nuestra máxima prioridad es que la administración actual y la próxima aceleren el desmantelamiento del Estado”.
Un antiguo sentimiento puede quedar intacto, aunque los años hayan caído sobre nosotros como un alud.
Entre ambos objetos se traza una dialéctica de fe y amenaza: el libro como campo del verbo, la pistola como imposición del silencio.
¿Qué futuro colectivo nos queda, cuando tanto el mito como su crítica han quedado atrapados en la misma maquinaria de representación y manipulación? ¿Qué va a pasar con nosotros si este país también se jode?